Ojos tristes

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Fernando Medeot

Familiero. Licenciado en Comunicación, publicitario, docente, agnóstico, soñador. Fanático de Serrat, Federer, Benedetti y el buen cine.

Ilustración: Pini Arpino

 

Me miraba desde la eterna quietud fotográfica a la que había sido condenada, colgada en la pared de mi habitación adolescente. Sus ojos brillantes (y falsamente ingenuos) hoy lucían tristes. En realidad, yo los había observado siempre tristes, desde el mismo instante que compré ese póster de Marilyn Monroe, en una tienda del viejo Pasaje Muñoz. Elegí ese, y no aquel famoso donde su pollera tableada flameaba con el aire ascendente de la alcantarilla, mezclada con los olores pastosos del metro neoyorquino.

Comprobé que hoy esos ojos estaban realmente muy apagados, dolidos, sufrientes. Me acerqué a la foto para corroborarlo y pude leer en el brillo que cubría sus pupilas una parte de la historia que explicaba el porqué de su tristeza.

Al igual que en un mal sueño, la veía como una pantera tras los barrotes de una jaula, con sus garras arrancadas. La belleza de ese animal era inmaculada, pero no solo estaba privado de su libertad, tampoco podía caminar o conseguir alimento. Lo único que tenía permitido era soñar, volver a vivir épocas pasadas donde su carrera no tenía límites. Durante ese tiempo, cada día era una caja de sorpresas que, al abrirla, explotaba con la intensidad necesaria para deslumbrar a quienes tenía cerca y también a quienes, sin verla, desde lejos disfrutaban los destellos de su cabellera platinada, muy cercana al oro. Millones en el mundo admiraban su elegancia felina para corretear hasta el infinito, para deslizarse haciendo sensuales acrobacias y para moverse con esa magia lúdica que conmovía los faldones de la naturaleza espejada. Y con tanta audacia –cubierta de candor– como para cantarle un sugerente feliz cumpleaños al presidente de la nación más poderosa, en el corazón vibrante del Madison Square Garden.

Pero un día alguien la atrapó y, a fuerza de golpes, la fue domesticando, borrándole la esencia pasional del mundo humano. Era como si a un pájaro le arrancaras las plumas para convertirlas en una ordinaria máscara carnavalesca.

En ese momento, ella dejó de ser ella, y su vida tuvo tantas vueltas como un imparable trompo de luces. De aquí para allá. A veces bien, a veces mal. A veces muy mal. Muchos quisieron ayudarla, honestamente. Pero el vértigo de los giros del trompo los iba expulsando de a uno. El cielo y el infierno iban y venían, en una danza dramática con final incierto.

Pero no quiero olvidarme de sus ojos tristes. Vuelvo a mirarlos y ahora me cuentan que, al igual que Ícaro con el sol, mientras ella correteaba más fuerte, más rápido se acercaba al infortunio. Y por eso, un día cualquiera, decidió cerrarlos para siempre. ¿Lo decidió ella o, tal vez, alguna persona muy cercana le acercó los barbitúricos? De eso no estoy tan seguro, porque las lágrimas que acaban de aparecer en la foto me dificultan seguir escuchando la historia.

Pobrecita, Marilyn. Cada vez que la sueño, no puedo dejar de conmoverme con su vida. Toda ella fue un lastimoso vaivén entre querer y no poder ser feliz. Como un viejo robot oxidado que sabe sus movimientos, pero a quien la realidad no le deja mover ninguna de sus partes.