Suavidad invernal

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 Florencia Servera

Lic. en Enseñanzas de las Ciencias, profesora de Química. Autora de libros de la colección Ciencia que ladra, Siglo XXI Editores.

Ilustración: Lucas Di Pascuale

 

En las mañanas invernales, un clásico que nadie puede evitar son las manos y las narices frías. El estilo mamushka se impone con el uso de varias capas de ropa que permiten quitarse una o varias prendas al entrar a un lugar calefaccionado. El asunto es que con tanto frío y abrigos, la piel se reseca y las manos, los brazos y las piernas parecen una lija al tacto.

Al igual que una cebolla, la piel está formada por capas. La hipodermis es la más profunda, la dermis es la intermedia y la epidermis es la superior. La epidermis es protegida del medio externo por una cuarta capa llamada “capa hidrolipídica”, que actúa como una crema natural que evita que se deshidrate. Eso ocurre gracias a que sus componentes (ácidos grasos, sebo, aminoácidos, proteínas, ceras, ceramidas, esteroles y electrolitos como el sodio, el potasio y los cloruros) captan agua del exterior (humectan) o retienen una parte de la que se libera en la sudoración (hidratan).

Ahora bien, ¿por qué la piel se reseca? Es simple: porque la capa hidrolipídica se hace más fina y deja escapar mucha agua proveniente del sudor. En invierno, el principal culpable del hecho es el roce permanente de la piel con las prendas que llevamos puestas. En el caso de las manos y el rostro, la deshidratación suele producirse por la exposición al aire frío y seco del exterior o a ambientes secos muy calefaccionados. Además, al salir a la calle disminuyen de temperatura rápidamente y en consecuencia los vasos sanguíneos se contraen para reducir la pérdida de calor. Como circula menos sangre, disminuye la llegada de agua a la superficie y de nutrientes a las células vivas que están en la zona más profunda de la epidermis. El resultado del indeseable resecamiento es que la piel se ve opaca, se siente tirante y es áspera al tacto.

Si desean devolverle el brillo y la suavidad, y que el efecto sea duradero, hay que tomar unas cuantas medidas. Para empezar, es necesario beber como mínimo dos litros de agua por día, sin contar las infusiones. Si bien la baja temperatura hace que se sientan pocas ganas de ingerir algo frío, hidratarse adecuadamente es fundamental para que haya un balance entre el agua que ingresa al organismo y la que se pierde a través de la orina y la piel. Pero la hidratación no solo debe realizarse por dentro, pues también es recomendable restaurarla por fuera con la ayuda de cremas hidratantes. Sus componentes cumplen la misma función que los naturales: actúan como barrera que evita la pérdida de agua (como las ceramidas, la lanolina y el etilenglicol), captan agua (como la urea, los lactatos, los citratos, el pantenol y los derivados del ácido láurico) o retienen agua (como las siliconas, la vitamina A y E, el colágeno y la elastina).

Para reducir el aspecto blanquecino, además de hidratar, se recomienda realizar exfoliaciones varias veces por semana. Y aunque sea invierno, no hay que olvidar ponerse protector solar, pues aunque se sienta poquito y lo extrañemos de a ratos, el sol siempre hace de las suyas. 

 

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