Cita en el bar

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Fernando Medeot
Familiero. Licenciado en Comunicación, publicitario, docente, agnóstico, soñador. Fanático de Serrat, Federer, Benedetti y el buen cine.

La observaste entrar a ese bar temático, porque de casualidad tu vista se despegó del diario que leías. Abrió la puerta con prudencia, miró tímidamente a su alrededor y eligió una de las mesas que estaban al fondo. Se sentó plegando con sus manos la minifalda azul, en un gesto de coquetería más que de prevención.

Dejaste el diario sobre la mesa para levantar tu celular y chequear si tenías algún nuevo mensaje. De tanto en tanto volvías la mirada hacia ella. Era arrebatadoramente hermosa. Menos de treinta años. Notaste cierta ansiedad en sus gestos, ya que controlaba con insistencia el reloj pulsera. Sin dudas, tenía una cita. A cada hombre que entraba lo seguía con la vista, y al ver que no era el sujeto esperado, bajaba sus ojos, casi decepcionada.
Pasaron quince minutos antes de que llamase al mozo. Escuchaste que le pidió un té de frutilla, tal vez para matar el tiempo de espera.

Vos la seguías observando, con disimulo. Extasiado, ibas descubriendo sus detalles. El celeste de sus ojos, los labios delicadamente atravesados por un toque de color, su camisa cuadrillé con un nudo a la altura del ombligo y su cartera decorada por una frase en lenguaje inclusivo.

“De tanto en tanto volvías la mirada hacia ella. Era arrebatadoramente hermosa”.

A la media hora, empezaste a sentir cierta compasión por ella. Te hubiera gustado acercarte y charlar hasta que el supuesto joven hiciera su aparición. Tal vez, sobre las nuevas series de Netflix, sobre algún viaje cuyo destino hubiese sido compartido por ambos o simplemente sobre el tiempo loco de enero. Cualquier cosa para que se distendiera y olvidara el plantón. Pero, seguramente, ella no estaba esperando dialogar con un hombre de casi setenta años, sino con el sensual muchacho de su edad. Ese que la había impactado a través de sus fotos en Facebook, con el cual se conectaba en noches cargadas de seducción y misterio.

Cuando se cumplió una hora y el sujeto no había aparecido, tomó su celular y empezó a escribir. Lo hacía como los nativos digitales, utilizando solo los pulgares, con una velocidad que no podía disimular su enojo. Estaba enviando gran cantidad de mensajes breves, uno tras otro. Observaste que, por las facciones de su rostro, recibió respuesta después de unos segundos.

Era la que vos, desde tu perfil falso en Instagram, le estabas enviando, justificando tu ausencia con excusas banales, carentes de sustento. Ella se fastidió más aún. Agarró el celular con rabia y lo guardó en la cartera, decidida a no devolverte el mensaje.
Pidió la cuenta y se marchó, paseando su belleza real frente a tus ojos, una belleza absolutamente diferente a la de su perfil, lugar donde las selfies y fotos armadas con sus amigas no mostraban la vitalidad subyugante de su personalidad.

Se deslizó a tu lado y te miró sin siquiera imaginar que eras vos el que chateaba con ella todas las noches.

La seguiste con la vista a través de la ventana, observando cómo escapaba del bar. La bronca, manifiesta en la firmeza de sus pasos, hacía que la mini azul se bambolease, multiplicando los bocinazos de taxistas.

Minutos después te fuiste vos. No sentías culpa por asumir otra identidad. Habías podido verla sin que ella te descubriese. A la noche volverías a conectarte por las redes, para seguir charlando hasta el amanecer. Todavía tenías muchas cosas para contarle, si es que ella te perdonaba el plantón.