Historia de las vacunas

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Enrique Orschanski
Médico pediatra y neonatólogo, docente universitario, padre de dos hijas; autor de libros sobre familia, infancia y adolescencia.

Córdoba, finales de 1955.
La provincia intenta organizarse bajo la intervención militar de la llamada Revolución Libertadora. Las enfermedades infecciosas constituyen una pesadilla sanitaria.
El brote de poliomielitis (parálisis infantil) produce 1500 muertes e incontables secuelas entre los niños. En la comunidad se intenta aislar a los enfermos, y en los hospitales los tratamientos varían entre corrientes eléctricas en los músculos atrofiados y baños con vinagre.
Cuando se paraliza la respiración se recurre a pulmotores, primitivos respiradores artificiales que solo postergan la muerte.
También fallecen alrededor de 600 niños como consecuencia de sarampión, hepatitis, meningitis y tos convulsa; y en zonas rurales el tétanos fulmina numerosos recién nacidos, por la contaminación del ombligo.

“Es posible afirmar que vacunar es la intervención médica actual más importante”.

Aquella medicina ya cuenta con vacunas para algunas enfermedades, pero su distribución alcanza apenas al 30 por ciento de los chicos.
Han transcurrido 60 años desde entonces, lo que en términos humanos equivale a dos generaciones.
Las vacunas contra la poliomielitis erradicaron la pandemia en América. “Difteria” es una palabra antigua que incluso algunos médicos no recuerdan. El tétanos neonatal desapareció por la prevención en embarazadas y niños, y la tragedia de la rubeola congénita se revirtió vacunando a los adolescentes.
Una adecuada política de administración redujo a escasos los enfermos de sarampión y paperas; la hepatitis A desapareció y los casos de meningitis bacteriana disminuyeron un 90 por ciento.
Otra hepatitis, la B, contagiada durante el parto, ya fue controlada, y una reaparición de tos convulsa en adolescentes fue controlada con revacunación universal.
Con tal evidencia es posible afirmar que vacunar es la intervención médica actual más importante.
El calendario de hoy, gratuito y obligatorio (también para adultos), tiene como objetivo erradicar las enfermedades, no solo evitar casos. Y la reducción no es solo estadística; disminuye sufrimiento físico, emocional y económico.
Tal logro contrasta con el rechazo por personas que argumentan defender su libertad individual, amparadas en una teoría antroposófica (Rudolph Steiner, 1888) que propone no incorporar elementos extraños al cuerpo.
Esta postura se asemeja a la del movimiento terraplanista: sin racionalidad posible, su planteo es de fe. Y ante eso las discusiones claudican.
No obstante, una tierra plana no afecta la salud; el rechazo de vacunas sí, ya que los no vacunados constituyen un reservorio microbiológico de alto riesgo para el resto de la población. En concreto: vacunarse no es una decisión individual, sino comunitaria.
Pero claro, las vacunas se valoran cuando se producen epidemias, y en situaciones de calma parece diluirse su necesidad.
Para quienes sospechan que algunas vacunas pueden responder a intereses exagerados de la industria farmacéutica, existe el filtro irremplazable del médico de cada familia para definir la ética de su uso.
Mientras tanto, cuando usted acompañe a sus hijos, nietos o sobrinos a vacunarse, y ellos imploren que no, que “les da miedo y que porfa, hoy no…”, cuénteles esta breve historia.
Para que valoren ser una generación bendita.