El tiempo sos vos

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El tiempo pasa rápido”, solía decir mi abuela inclinando la cabeza para esquivar la nostalgia. Hoy yo repito la frase con solo verte crecer. Apenas ayer eras nuestra nena que entraba a su sala de cuatro con la bolsita para la merienda y plastilina en las uñas… ¡Y hoy ya pasaste a segundo grado!  

Los chicos –pienso– son relojes exactos no para medir, sino para definir el tiempo. Incluso algunos padres sentimos que el vértigo está construido entre cumpleaños, noches de fiebre y matrículas de cole.

Busco un espejo. ¿Yo también cambié tanto? Tu mamá está igual, o quizás más linda. Porque el tiempo no se ve en nosotros, el tiempo sos vos.

Acomodo cajones y encuentro una carpeta con tus dibujos; desde los primeros garabatos hasta hoy. Primero eran manchas, después figuras y finalmente rostros llenos de detalles y colores. Las nenas con trenzas; los varones con pirinchos; las casas con ventanas y el sol feliz. Durante los primeros años no existen las ambigüedades.

Me detengo en uno de tus dibujos de familia. En el centro de la hoja, mamá y yo: me alegra vernos de la mano. Vos al lado, enorme y con pestañas largas. En el margen, una manchita oscura: “hermano”, escribió mamá abajo. ¿Así lo veías? 

Guardo la carpeta y prometo conservarla para siempre. 

Me acerco a tu habitación y ya estás dormida. Mamá se asoma, siempre vigilante para que todo esté en su lugar. Te besa la frente y, a pesar del calor, te cubre con la sábana.

Apoyado en el umbral las veo y me veo. Hoy no podría pedir más. ¿O sí?

Sí podría. Por ejemplo, pediría saber dibujar como vos. Decir todo en pocas líneas. 

Podría pedir algo de tu energía, esa que nunca renuncia a jugar un rato más. 

“Apenas ayer eras nuestra nena que entraba a su sala de cuatro con la bolsita para la merienda…”.

También poder reclamar como vos, sin vergüenza ni explicaciones, en esos días en que no encontramos el rumbo. 

Porque a los adultos nadie nos pone un “muy bueno” en el cuaderno para saber si vamos bien… o un “no sati” cuando metemos la pata. Y, de verdad, nosotros también necesitamos alguna brújula, o alguien que ayude a decidir. Igual que los chicos. 

Cuando te veo escribir, dibujando cada letra con trazo lento, me gustaría hacerlo igual: descubrir de nuevo las palabras para darles el valor que tienen. 

Últimamente escribo más en el celu que en papel… 

Me gusta ver cómo contás los números; cada vez como si fuera la primera. Yo no puedo aprenderlos de nuevo; será por eso que, a veces, no dan bien.

¿Cómo hago para reír como vos frente a los títeres? ¿O frente al viento? ¿O frente al futuro? Ayudaría volver a dormir como vos, despreocupada, sabiendo que al otro día alguien está allí.

Es extraño, porque los chicos buscan parecerse a los grandes y no al revés. Pero me quedo con tus ganas, tu desparpajo… y esa risa… Es que el tiempo (siempre el tiempo) cambia algunas maneras. Muchas veces los grandes nos ponemos serios para que ustedes conserven la alegría.

Se hizo tarde, y yo sigo dando vueltas. Tu mamá también duerme. Tarde, temprano, rápido, lento, ayer, mañana: finalmente todo se combina. 

Si el tiempo es un invento para que pasemos la vida intentando explicarlo, yo elijo hoy que el tiempo seas vos. Crecida, egresada, dormida y confiada.

Y tu delantal blanco, colgado en la silla, esperando por el año que viene.