Imágenes del primer día

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Foto: Christian Erfurt (Unsplash).

El día inicia con un cielo plomizo. Desde temprano, el tránsito se ha complicado con  semáforos lentos y baches que parecen caries de una ciudad que no usa cepillo. Todos intentan llegar a tiempo al primer día de clases, pero la pereza de los chicos es atroz; lagañas que arden, bostezos interminables y quejas en diferentes tonos se escuchan en los autos y en las veredas. 

Desde anoche, muchos ensayan las nuevas rutinas que depara este año: transportistas en busca de mejores recorridos, abuelas que esperan cuidar bien a los que se quedan en casa y maestras que esperan “buenos modales” en quienes les toquen en suerte. 

En un jardín maternal, Catalina se aferra a un picaporte; no llora, pero está a punto. La maestra le repite que “todo va a estar bien, que hay amiguitos…que van a jugar”. Con tres años, ella sólo piensa en volver a casa con su mamá. La madre quedó escondida y con el cuello estirado para adivinar si ese llanto es el de su hija o de otro. Cuando percibe el silencio suspira y parte hacia el trabajo. Para Cata no es fácil comprender los aspectos educativos y sociales del jardín. Entró de la mano de la seño pero sigue haciendo pucheros. 

Amenaza llover. Los rezagados llegan con paraguas.

“Todos intentan llegar a tiempo al primer día de clases, pero la pereza de los chicos es atroz”.

En un aula de  primario, Franco mira hacia los lados y no puede concebir estar de nuevo en clase (¡y en quinto grado!). Agazapado, mira cómo la pizarra comenzó a llenarse de frases entusiastas y letra aparatosa. Para él todavía es verano, aunque el calendario marque el odiado fin de las vacaciones. Otra vez a despertarse temprano cada mañana, a desayunar sin apetito, a usar uniforme que pica y zapatos que aprietan. Cada año pareciera costarle más empezar y especialmente hoy, le molesta de modo especial ese tono alegre y chillón de su motivadora maestra. Por suerte están sus amigos (¡cómo crecieron!); y Larita, esa vecina de banco que desde tercero le quita el sueño. Ella, ni enterada, aunque él conserva las esperanzas de ser retribuido. Tal vez éste sea el año para hablar, para contarse cosas, en fin, ya verá.

Ahora caen gotas aisladas, nada importante.  

Durante el segundo módulo de Historia, Pedro levanta la vista y se encuentra con la mirada del curso entero, incluido el profesor. Distraído con su celu nuevo no escuchó la pregunta, y ahora tiene que salir de ésta lo antes posible. “Perdón profe, no sabía que me hablaba a mí”. El profe sonríe y sigue con la clase; en el segundo módulo del primer día no vale enojarse. Pedro sonríe avergonzado y guarda el teléfono en su mochila. Se promete estar atento, aunque no sabe si podrá cumplir. Vuelve a rascarse las piernas; otra vez anoche durmió mal por los mosquitos.

Finamente la tormenta se dispersa y ahora arde el sol. 

En el recreo, el patio es torbellino de chicos que corren y gritan. A media mañana todos terminan bañados en sudor, las caras encendidas gracias a unos uniformes ridículamente abrigados para la época; también los encuentros, los abrazos y el exceso de repelente. 

Es el primer día de clases y cada quien comienza pensando en sus prioridades. Los maestros, que sea reconocido su trabajo. Los padres negocian horarios y traslados. Los cantineros administran los aumentos en las golosinas. 

Y los chicos, sobre todo, calculan cuánto falta para el primer feriado.