¿Te acordás?

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Te acordás cuando nos abrazábamos? Derrochábamos cariño y nos rompíamos los huesos de tanto apretujarnos. Nos faltaba el aire y sobraba amor para repetir.

¿Y cuando nos besábamos? No había forma de que entrara oxígeno a los pulmones, pero no importaba, aguantábamos como campeones sin corona. Parecía que alguien nos había puesto La Gotita en los labios.

¿Y la juntada entre amigos? Tomábamos del pico de la misma botella, nos sentábamos bien pegados, reíamos tan fuerte que la saliva nos empapaba. Y después, borrachos de alegría, cantábamos cara a cara.

¿Y en la cancha? Transpirados, chocábamos panza contra panza con el vecino que ni conocíamos, mientras gritábamos un gol o puteábamos al referí. Cuando jugábamos entre nosotros, todos besábamos la pelota antes de empezar, chocábamos los cuerpos de los rivales y eternizábamos el festejo de un gol uniendo corazones y piel.

Con la familia no había especulaciones posibles. Todos éramos uno y el cariño se multiplicaba mientras más juntos estábamos. Repartíamos afecto en formatos diversos: abrazos, besos, choque de manos, pellizcos en los cachetes. Las tías y abuelas tenían extrañas formas de querernos, pero éramos ricos en amor.

Viajábamos en ómnibus repletos. Mucha gente, tránsito lento. Entrábamos a los bancos, tomábamos café en fondines de mínima higiene, nos amuchábamos en los shoppings para las Navidades y respirábamos boca a boca en los recitales, cantando con las cabezas pegadas o haciendo pogo mientras una lluvia de canciones nos prometía un mañana mejor.

“La pucha, éramos millonarios y no nos dábamos cuenta. ¿Cuándo lo perdimos?”.

Llegábamos al cine eligiendo película y horario, nos sentábamos juntitos y respirábamos el mismo aire que los protagonistas. El maní con chocolate iba de mano en mano y los trocitos de Suflair medio derretidos llegaban hasta el último de la fila. El pancho del intervalo se comía de a tres.

Jugábamos a El Estanciero o al TEG en patota. Avance cinco casilleros, retroceda tres, cobre cinco mil a la salida. Tiro los dados, China ataca Kamchatka, Alemania ataca Francia, objetivo cumplido. Trasnoches enteras hacinados en un cuarto de tres por tres, con la alegría rebasando los poros. Ferné 30 por ciento, Coca 70 por ciento, chupe y pase sin cambiar el copón.

Íbamos al colegio y después a la universidad. Fila para tomar agua del pico en los recreos de la primaria; aulas de seiscientos monos en las primeras clases de la facu. Apretujados como los átomos antes del big bang, éramos felices siendo nadie en la multitud.

Muchos de mis amigos iban a misa. Me juraron que cantaban todos juntos salmos al Señor, se tomaban de las manos en el momento del Padrenuestro, se besaban deseando “la paz sea contigo” y dejaban otro beso a la Patrona, pegando los labios en la cruz que miles de peregrinos ya habían acariciado.

La pucha, éramos millonarios y no nos dábamos cuenta. ¿Cuándo lo perdimos? Ayer nomás. Algo hicimos muy mal, y la tierra nos quitó esos hermosos regalos. Y para recalcar nuestra pequeñez como especie, lo hizo a través de algo que ni siquiera podemos ver. 

Si nos portamos bien, dominamos la pandemia y aprobamos el examen, tendremos la oportunidad de empezar de nuevo. Y dependerá de nosotros que vuelva a florecer el poder curativo de los abrazos, la sanación por la risa y sentir bien cerca el olor de quienes queremos.