Tucumán, 1816

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Se había elegido sede del Congreso a la ciudad de Tucumán porque estaba ubicada en el centro del virreinato y porque las provincias se negaban a que Buenos Aires fuera otra vez la única protagonista de un hecho que las afectaba a todas. Fray Cayetano Rodríguez le explicaba a un amigo los motivos de la elección de la sede: “Ahora encuentras mil escollos para que el Congreso sea en Tucumán. ¿Y dónde quieres que sea? ¿En Buenos Aires? ¿No sabes que todos se excusan de venir a un pueblo a quien miran como opresor de sus derechos y que aspira a subyugarlos? ¿No sabes que aquí las bayonetas imponen la ley y aterran hasta los pensamientos? ¿No sabes que el nombre porteño está odiado en las Provincias Unidas o desunidas del Río de la Plata?”.En aquel entonces, San Miguel de Tucumán era una pequeña ciudad de doce manzanas. Desde lejos podían verse las torres de las cuatro iglesias y del Cabildo. Los tucumanos, unos 5000 por entonces, tenían una vida tranquila que se animaba al mediodía, cuando el centro se poblaba de carretas, vendedores ambulantes y gente que iba y venía entre las pulperías, las tiendas y el “café con Lotería” de Mateo Velarde. No faltaba el azúcar para el mate ni tampoco algún cantor que animara a la gente con una zamba.

Por las noches había tertulias como en Buenos Aires, pero a las diez el toque de queda les recordaba a todos que estaban en zona de guerra y que había que refugiarse en las casas. Los primeros en llegar a Tucumán fueron los diputados porteños y los cuyanos. Los restantes se fueron sumando luego, hasta que el 24 de marzo de 1816 se inauguraron las sesiones del Congreso. 

“En aquel entonces, San Miguel de Tucumán era una pequeña ciudad de doce manzanas”.

“Tan pobre era la patria que, como Jesús, no tenía lugar para nacer”, decía la copla popular, y, efectivamente, el Congreso sesionó en la casa de doña Francisca Bazán de Laguna –como todos sabemos desde nuestra más tierna infancia, la mejor productora de empanadas de todo el Tucumán–, ubicada en la Calle del Rey N° 151. Se había construido a fines del siglo XVIII y era una típica casa colonial. La dueña permitió hacer algunas modificaciones ad hoc. Se demolieron paredes y se armó un gran salón de quince metros por cinco. El gobernador Aráoz y los conventos de Santo Domingo y San Francisco prestaron los muebles. Cuando el Congreso pasó a Buenos Aires, doña Francisca recuperó la casa. En 1869 el Gobierno la compró, pero no para transformarla en un museo, sino para destinarla a ¡una oficina de correos! En 1880 la casa se derrumbaba y se aprobó un proyecto de restauración que tardó más de medio siglo en concretarse. El martes 9 de julio de 1816 no llovía como en aquel 25 de mayo de hacía seis años. El día estaba muy soleado, y a eso de las dos de la tarde los diputados del Congreso comenzaron a sesionar. A pedido del diputado por Jujuy, Sánchez de Bustamante, se trató el “proyecto de deliberación sobre la libertad e independencia del país”. Bajo la presidencia del sanjuanino Narciso Laprida, el secretario, Juan José Paso, preguntó a los congresales si querían que las Provincias de la Unión fuesen “una nación libre de los reyes de España y su metrópoli”. Todos los diputados aprobaron por aclamación la propuesta de Paso y, en medio de los gritos de la gente que miraba desde afuera por las ventanas y de algunos colados que habían logrado entrar a la sala, fueron firmando el Acta de nuestra Independencia.