Extrañeza

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Son momentos raros, inciertos. El encierro nos sigue cambiando, de a poco extrañamos con mayor intensidad que antes. Extrañar es una forma de amar, distinta pero muy parecida. No te tengo, te extraño. Extrañamos las cosas buenas, personas, momentos, gestos; el apretón de manos y el abrazo, esas muestras afectivas que a veces nos parecían básicas, hoy cotizan más que la fortuna de Bill Gates. No nos vamos a olvidar de abrazar. 

Como tampoco nos vamos a olvidar de bailar un lento. Yo era muy patadura para moverme y daba vergüenza intentándolo con Estoy hecho un demonio, de Los náufragos, pero los boleros me daban la revancha y Roberto Carlos me beatificaba. Pechito bien pegado a pechito, manos firmes donde debían estar y pasos cruzados en medio metro cuadrado. Se me achicaba el estómago y nos convertíamos en dos corazones que zumbaban como una maquinita para cortar el pelo. 

Además de los abrazos, el virus nos quitó los besos. Primero, el duplicado, uno en cada cachete. Extraño esos besos carentes de libido, necesarios para romper el frío de un encuentro casual. También extraño los otros, los apasionados, los excomulgados por la Iglesia, los que forzaban el choque de dientes por imprudencia descontrolada. “Mi corazón suelta chorros de miedo caliente y todo mi cuerpo resplandece”, afirma Salzano al recordar sus primeros besos de fuego.

“Se acercó y pegó sus labios en mi frente. Suave, cargado de amor, un beso de madre”.

Pero el beso que más extraño es otro, lo tengo prendido en mi piel. Fue hace bastante, fue inolvidable. Mi madre murió cuando yo era niño, después de sufrir mucho. Ustedes saben lo que son las enfermedades largas, de alguna manera te preparan para la despedida. Yo no estaba preparado, no vi venir ese momento, la Negra era eterna. Solo me arrepiento de no haberla besado tanto como ella merecía, no haber aprovechado todos los segundos. Una deuda difícil de saldar. Sin embargo, algo pasó, algo imposible de describir, que restituyó un poco de lo que dejé en el camino. Un día, ella volvió a darme el beso que resumía los que nos faltaron. De todos mis recuerdos, este es el mejor, el cielo estaba más bajo que la tierra. Ella llegó vestida de ella, en medio de un espacio donde reinaba el verde, ese color que la iluminaba porque amaba los jardines. Es imposible describir el lugar, pero yo estaba sentado como esperándola, inmóvil por el asombro, no sé. Ella avanzó y, mientras mi corazón reventaba, me mostraba su sonrisa, su sonrisa de siempre. Se acercó y pegó sus labios en mi frente. Suave, cargado de amor, un beso de madre. Quise decirle algo, pero las palabras se me atragantaron y no salió nada. No me alcanzó a tocar, o tal vez sí, yo la seguía mirando y retrocedió dos pasos. Extendí mi mano para evitar que se fuera, pero su imagen comenzó a desvanecerse, no podía detenerla. Me desesperé. En un momento solo quedó su rostro. Y su sonrisa. Y la promesa que me hice de devolverle ese beso en otro momento.

El virus nos ha quitado mucho, pero no podrá robarme ese beso. Cuando el maldito se vaya, voy a recuperar los otros y, en el remolino, tal vez pueda cumplir mi promesa y devolverle este que tengo guardado con siete llaves. No sé cuánto demorará, no importa. Soy el campeón de las esperas y tengo tantas ganas de hacerlo que me puedo bancar varias pandemias. 

Ilustración: Pini Arpino.