Horacio “Negro” Cortés:
“El Maipo es mi amor”

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Como una especie de maestro de ceremonias, es la cara más visible del teatro Maipo cada noche. Amigo de artistas y del público por igual, quiere estar en este trabajo por siempre.

Por: Juan Martínez 

Foto: Patricio Pérez

 

Si vas al Maipo, lo ves. Es inevitable. Elegantísimo, de traje y con un moñito, el pelo bien corto a los costados y proyectado hacia arriba en líneas rectas, un bigote donde el negro dejó paso casi por completo al gris y al blanco, y una sonrisa pícara siempre asomando. Horacio Cortés, “el negro de la puerta”, el personaje en cuestión, es desde hace 24 años el jefe de sala de uno de los teatros más emblemáticos de la ciudad de Buenos Aires.

Llegó a la Capital desde Villa Robles, un pequeño pueblo de Santiago del Estero, hace 50 años. Por amigos en común conoció a Lino Patalano, quien un día le ofreció el cargo que hoy ostenta. “Yo ni sabía de qué se trataba, pero igual fui y pregunté después”, reconoce Horacio.

Dos horas antes de cada función (costumbre que adoptó en sus inicios, influido por Norma Aleandro y Alfredo Alcón), el jefe de sala del Maipo llega a su puesto de trabajo, que es el edificio entero: chequea la sala, revisa que esté limpia y ordenada, que no queden arreglos pendientes, y luego hace lo mismo en los camarines. Después de una segunda pasada por cada rincón, se pone lo que llama “el disfraz” y prepara el hall para recibir a la gente. ¿Ve las obras? No mucho: “Puedo mirar partes, pero tengo que estar atento a todo lo que pasa, porque la responsabilidad del público es nuestra. El rey de la sala son ellos”, explica.

Una hora después de la última función, el disfraz se guarda y la jornada termina.

“El Maipo es muy especial, es un teatro distinto”, asegura Cortés. Y parte de esa distinción radica en la presencia de este maestro de ceremonias que recibe al público con bromas, chicanas y sonrisas. La suya es una figura sin equivalente en otras salas, y ya es parte de la experiencia de ir a este teatro. En este lapso, cosechó amistades y cariños entre los artistas (a quienes considera compañeros de trabajo) y entre el público: Norma Aleandro lo invitó a comer a su casa y le cocinó más de una vez; Vargas Llosa pasó a saludarlo antes de asistir a una presentación cerca de allí; Enrique Pinti lo invitó a fiestas; el público, por su parte, lo llena de regalos (frascos de berenjenas, pollo en escabeche, vino, pan casero). “Eso tiene mucho valor, significa que los mimaste. Pasa que el Maipo tiene una actitud social distinta. Por ejemplo, a mí mis jefes me dejan hacer a veces algunas concesiones que después vuelven: hoy me lo cruzo a Topa o a Roberto Peloni, y se acuerdan de que yo los dejaba entrar de colados a ver obras. Ellos estudiaban teatro o cosas similares, lo necesitaban y el Maipo se lo permitió”, recuerda.

En un edificio con más de 100 años, las historias de fantasmas suelen proliferar. Esta no es la excepción, y ese fantasma tiene nombre: Luis Efraín Cáceres. Como contó el propio Cortés hace poco en una radio, Cáceres era un trabajador del teatro que se suicidó ahí mismo y cuyo espíritu, coinciden todos, se quedó dando vueltas: “Es juguetón, no dañino. Yo lo saludo, y cuando me toque no estar más en este plano, espero estar por ahí, jugando con él. Imagino que me divertiré”.

En su futuro ideal se cruzan dos imágenes: él en el Maipo hasta el último de sus días o él regresando al monte, en su Villa Robles natal. Aunque, asegura, ya se convirtió en “un pedazo de cemento y electricidad”, no olvida sus raíces y siente el llamado: “Vengo de la tierra, del monte, y quizá tenga que volver allá”.

Cuando le cuesta pagar el alquiler o se siente solo en su casa, Horacio se arrepiente de haber priorizado el trabajo por encima de todo lo demás. La sensación, sin embargo, se evapora cada vez que ingresa a la que considera como su casa. “Es raro que en estos días uno descubra el amor por el trabajo. Yo voy todos los días contento”, cuenta sin poder evitar la emoción. “Y eso que perdí cosas por estar acá: amores que no aguantaron esta rutina, mejores ofertas económicas en otros trabajos. Pero me encanta este lugar. Estoy cerca de la jubilación, pero no pienso jubilarme de nada. No sé qué haría en otro lado. En realidad, no perdí un amor, sino que mi amor es el Maipo. Lo demás es como el viento: pasa de largo”.