BRUNO LIMA: EL GOLEADOR DE BRONCE

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Juega desde los seis años y fue el máximo anotador de los Juegos Olímpicos de Tokio, donde la Argentina consiguió una medalla en vóley por primera vez desde 1988.

Foto: Gentileza Volleyball World

Cuando el remate del brasileño Douglas Souza se estrelló primero en el bloqueo de Agustín Loser y luego en el suelo, Bruno Lima solo atinó a llevarse las manos a la nuca, sin poder creer lo que acababa de suceder. Inmediatamente, saltó encima de él Matías Sánchez, el amigo con el que recorrió buena parte de este camino que desembocó en la primera medalla olímpica para el vóley argentino en 33 años.

“Sigo sin caer en lo que hicimos, realmente. Miraba la medalla todo el tiempo. Cuando la tenía en la mano, pensaba ‘Qué locura lo que pasó’”, cuenta el máximo anotador de Tokio 2020 desde Francia, donde comenzó la temporada de una de las ligas más fuertes del mundo vistiendo la camiseta del Niza (es su cuarta experiencia europea, luego de sus pasos por Chaumont VB 52, de Francia; Volleyball Bisons Bühl, de Alemania; y Afyon Belediye Yüntaş, de Turquía). La medalla descansa en la casa de sus padres, en San Juan (“Tiene que quedar en un solo lugar y no hay que tocarla mucho para que no se vaya a lastimar”, bromea). Allí, su mamá la custodia junto a la colección de camisetas y recuerdos de la carrera de Bruno que se encarga de organizar.

Recién después de ocho meses de su llegada a Francia pudo sacar la ropa de la valija y meterla en un placar: entre concentraciones y viajes a los diferentes torneos (Liga Mundial en Italia, Juegos Olímpicos en Japón, Campeonato Sudamericano en Brasil), el año no le dio respiro ni lugar para asentarse. De hecho, el tiempo para disfrutar del bronce obtenido en Tokio fue breve, ya que a las pocas semanas tuvo que competir en Brasilia, donde fueron subcampeones sudamericanos. “Fue muy difícil entrar en ritmo de nuevo, entrenar y pensar en el próximo torneo.  En todo el proceso olímpico estás con la cabeza a full, tenés mucho desgaste mental y físico, dolores, problemas familiares, personales, y todo eso te lo vas guardando. Después de que lográs algo tan importante, la cabeza afloja por completo”, explica.

  • Llevás diez años en las distintas selecciones, ¿qué significa eso para vos?

Es todo. Cuando era chiquito y arranqué a jugar, se estaba jugando el Mundial en la Argentina, y siempre fue mi deseo usar esta camiseta. Jugar en la selección no tiene precio. Nosotros nos desvivimos por estar en ella. Lo aprovecho y lo disfruto mucho.

  • En los últimos años, las selecciones juveniles, incluyendo el U21 que integraste en 2015, llegaron a finales de mundiales y de Juegos Olímpicos de la Juventud, ¿por qué no se podían repetir esos logros en torneos de mayores?

Nosotros mismos también nos preguntamos qué pasa que no logramos lo mismo que en las selecciones de base. Creo que tiene que ver con el crecimiento de las ligas nacionales. En las ligas europeas apuestan mucho más por el vóley, las selecciones tienen mucho más apoyo, no solo a nivel económico. No es solamente entrar y pegarle a una pelota para conseguir resultados. Todo va de la mano. En los últimos años, nuestra liga viene empeorando, especialmente a raíz de la pandemia, que hizo que muchos clubes dejaran de apostar al vóley. La última edición fue una de las de más bajo nivel.

  • ¿Cómo te hacía sentir jugar en un contexto así?

Para mí y para todos los chicos es triste ver cómo decae la liga nacional, pero obviamente siempre el objetivo a nivel personal es tratar de crecer cada año, por eso buscamos equipos del exterior. Está muy bueno que podamos conseguirlos, habla muy bien de la formación que tiene la Argentina.

Su historia en el vóley es la continuación del legado familiar. Su tío y sus hermanos mayores jugaban en Obras, en San Juan, y fue inevitable que de chico insistiera con seguirlos. A los seis años ingresó en este mundo y se quedó para siempre. El juego y, sobre todo, los amigos lo enamoraron de este deporte. Allí comenzó a jugar con Matías Sánchez, con quien 19 años más tarde festejó el bronce en Tokio.

A los 15, con su primera convocatoria a un seleccionado nacional, se dio cuenta de que además había un camino profesional posible, una carrera.

  • ¿Las presiones y la competencia quitan un poco de aquel disfrute inicial?

Hay muchos momentos de estrés, en los que no se disfruta. Cuando perdés, la pasás mal. Pero así es el deporte, y hay que superar esos momentos de crisis para poder seguir creciendo. Cuando jugás bien, cuando ganás, se disfruta mucho. El mayor placer es cuando termina la competencia y lograste lo que estabas buscando. Se te afloja el cuerpo, la cabeza, todo. Decís “Realmente valió la pena”. 

EL BOOM

El vóley argentino hizo despertar tempranísimo o trasnochar a muchísima gente que se enganchó con los resultados, con el alma de un equipo que peleó cada partido al máximo y, también –esto lo agrega el propio Bruno–, con los relatos emotivos que José Montesano ofreció en la pantalla de TyC Sports. En cuanto a popularidad, fue un antes y un después para el plantel. “Cada vez más gente se interesó no solo en los partidos, sino en nosotros, en nuestras vidas. Salíamos de jugar un partido y teníamos 20 mil seguidores más en redes. No sabíamos qué estaba pasando. Ojalá esto le sirva al vóley y a la liga nacional”, dice.