Pedro Aznar: “Elegí no impostar ninguna postura”

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Es uno de los músicos populares de mayor trayectoria en el país y reconocido a nivel internacional. Forjó su carrera sin falsear nada ni resignar su esencia. Una filosofía de vida que, entre otras cosas, alimenta su música.

Fotos Guido Adler

El virtuosismo y el sentimiento, y lo local y lo universal se combinan permanentemente en la obra de Pedro Aznar, un artista de un recorrido y un peso que pocos pueden igualar, y que tomó la decisión de avanzar sin que su camino oscile según dónde apunten los reflectores. A los 18 años fue parte de Serú Girán, considerado el equivalente nacional a The Beatles (en ese juego, por juventud y perfil bajo, incluso por su inclinación a filosofías orientales, él sería nuestro George Harrison), y ya desde aquel impacto inicial en su carrera demostró que era capaz de resignar el éxito y los flashes para seguir su deseo y sus convicciones.

Autor de alrededor de 300 canciones, es también un gran reversionador: desde un disco íntegramente realizado con versiones de canciones de Spinetta, pasando por traducciones de Elton John o el propio Harrison, hasta su último trabajo discográfico, Flor y raíz, donde celebra al folklore latinoamericano con una docena de canciones de autores de siete países diferentes (entre ellas, “Reverdece”, que compuso especialmente para cantar a dúo con Soledad).

Prepandemia daba alrededor de 100 shows en vivo por año, casi uno cada tres días. El aislamiento y las restricciones posteriores, lógicamente, le bajaron el promedio, aunque se las arregló para mantenerse activo: brindó once espectáculos por streaming, activó más que nunca sus redes sociales y ofreció clases gratuitas. La vuelta a los escenarios y al trabajo presencial lo agarró en ejercicio. Solo en los últimos meses, además de en Flor y raíz, trabajó intensamente en la remasterización del primer disco de Serú Girán y volvió a los shows con público: el día de su cumpleaños (23 de julio) tocó en el Teatro Ópera y este mes cierra en el Gran Rex la gira de conciertos de presentación de su nuevo material.

  • Más de una vez te referiste a la importancia de la música del lugar propio como carta de presentación, y llegaste a decir que, si te dieran una guitarra para tocar en un lugar inhóspito, tocarías una zamba. Por otro lado, recorrés música de todos los lugares del mundo. ¿La música es universal y, a la vez, un rasgo identitario de un lugar?

Yo me siento tan argentino y tan latinoamericano como ciudadano del mundo. Las dos cosas. Eso yo creo que se refleja en lo que hago. Pintar el lugar donde nací, con los colores del lugar donde nací, me parece importante, rico y necesario. Y también ser consciente de que las fronteras son convenciones, que las culturas son permeables y que toda tradición necesita estar en diálogo con las demás, nutrirse de cosas nuevas todo el tiempo. No creo en las cosas que se quedan aisladas o se cierran y se repliegan sobre sí mismas. Considero que todos los países que le han cerrado las puertas al mundo han sufrido mucho, se han atrasado mucho y han perdido cantidad de oportunidades, particularmente culturales. Las tradiciones necesitan respirar. 

  • Ese borroneo de fronteras, además de ser geográfico, en tu música se da entre géneros…

Sí, sin duda. Toda música puede informarse de un montón de cosas. El tema es tener ojo y mano para que la suma sea jugosa y para que no sea una cosa forzada. Yo creo que hay que tener la mano de un buen chef para sumar los ingredientes.

  • ¿Cuánto te importa o qué rol juega en vos la forma en que se reciba lo que hacés?

Es importante, porque decir que uno está más allá de la necesidad de reconocimiento sería una mentira. Que nos digan que gusta lo que hacemos es un incentivo que te impulsa a seguir. Pero creo que también es necesario contar con una mirada que hasta cierto punto pueda ser independiente de eso, de la opinión. Tener una cierta seguridad en uno mismo para decidir con qué quedarse, qué elegir, cómo encarar el trabajo y sentirse cómodo y seguro en esa piel: “Hago esto y de esta manera, y creo que así está bien”. Y después, ver qué pasa. Una vez que la obra sale al ruedo, hace su propio camino, pero hay que estar seguro, confiado y entregado a lo que te salga. Y ser genuino y espontáneo. Por supuesto que el halago es un tremendo incentivo, es muy lindo sentir que hay llegada en lo que hacés, que la gente lo recibe de buen gusto. Es hermoso.

«Me siento tan argentino y tan latinoamericano como ciudadano del mundo».

  • Desde afuera da la sensación de que esa seguridad estuvo siempre en vos. ¿Es así?

Es así, en líneas generales, pero no creas que no hubo tiempos de zozobra o duda. Sí los hubo. Muchos. A veces, dudas importantes. Momentos en los que también veía que la mirada pública iba por otro lado. Parecía que todo el mundo estaba mirando para otra parte y que yo era una especie de loco hablando solo en el desierto. Elegí quedarme en mi lugar y no falsear ninguna cosa, no impostar ninguna postura, sino seguir fiel a lo que yo sentía que tenía ganas de hacer. Después, el tiempo fue cambiando el foco y las cosas se pusieron más amables, digamos. Un poco puede que haya sido una feliz coincidencia, y otro poco yo creo que es el resultado de una consecuencia. Podés escuchar ahora cualquiera de mis discos de toda mi carrera y no vas a encontrar grandes giros hacia un lado o hacia otro. Hay una dirección.

  • En aquellos momentos de zozobra, ¿qué te ayudó a mantenerte en tu línea?

Esa confianza de la que te hablaba antes. Sentir que hay una plomada dentro de mí que sabe dónde está el equilibrio, cuándo estoy siendo honesto conmigo mismo en lo que tengo que hacer, o en lo que quiero hacer. Creo que es una sensación más que nada. Va más allá de lo racional, es una comodidad en tu propia piel. Se siente.

  • ¿Sentís que esa forma en la que te plantás tiene mucho que ver con tu filosofía de vida, el budismo?

Se podría decir que sí. Eso se replica en todo, porque es una actitud de vida, más que profesional. Después, en la profesión eso se repite. Una de las cosas principales que te enseña el budismo es a no ser fanático de ninguna cosa ni fundamentalista de nada, sino a encontrar el camino del medio. Y creo que esa es una gran enseñanza. Cuando te mantenés en ese camino del medio, no pegás grandes volantazos, vas por un lugar más mesurado y atento. Es esa misma sensación de la que hablaba antes, de confianza y de entrega a un fluir. Eso impacta en todos los aspectos de tu vida.

  • Hay momentos particulares, como el actual, en el que se habla de grietas y se incita a las personas a elegir un bando, no solo en lo político. ¿Cómo te manejás ante eso?

Es lo mismo en la arena de lo público y de lo político. Tampoco soy de tomar bandos en lo político, porque me parece que son formas que se quedan muy rígidas. Por supuesto que tengo una línea de pensamiento y hay cosas que me gustan más que otras, pero también creo que nos beneficiaríamos mucho todos si hubiera políticas de Estado transpartidarias. Eso sería en política el camino del medio, decir “Necesitamos que en el país pase esto, esto y esto, y de acá a treinta años tendríamos que lograr esta serie de cosas, más allá del signo político”. Como una especie de gran acuerdo nacional. Después, que cada partido tenga su manera de implementar ciertas cosas. Por supuesto que eso no es fácil, hay que lograr mucho consenso y ponerse de acuerdo en cuál es el camino central. Pero creo que nos beneficiaríamos todos muchísimo si se lograra algo así.

  • Hace poco dijiste que últimamente te dedicás en tus composiciones a preguntarte más por realidades interiores que por problemáticas sociales, ¿por qué creés que se dio así?

Lo digo en el sentido de que felizmente hoy vivimos en un país donde la libertad y la vida de las personas no están en peligro, en líneas generales. Por supuesto que hay muchísimas cosas que resolver, deudas que tenemos como país y con nosotros mismos. Todavía hay mucha injusticia, miseria, gente que queda tirada al lado del camino. Pero el país en el que vivimos hoy, felizmente, desde el año 1983 hasta acá, es un país donde están asegurados valores fundamentales de la vida de las personas y donde cada vez se reconocen más los derechos individuales, los derechos sociales. Hay una serie de libertades y de dignidad que están aseguradas. Una vez que esas cosas están bien asentadas, te queda espacio para meterte en mundos interiores y para poder hablar de las cosas que nos pasan a todos, pero desde el lado interior. Con esto no quiero decir que no sea necesario seguir cantando con contenido social. Claro que sí, hay muchísimas cosas por las cuales seguir luchando, pero hay valores que ya están muy bien protegidos. ¿En estos tiempos algunos de esos valores pueden volver a estar en riesgo? Sin duda. No hay que mirar mucho más lejos que a Brasil y Bolsonaro… Gente así es un peligro para esos valores y para esas libertades de las que hablo, y eso hay que denunciarlo. Fijate que en mi EP Resonancia hay una canción que habla sobre el fenómeno Trump y hay otras que hablan de amor. Están las dos cosas: una voz de alerta sobre cuán fácilmente se pueden pisotear las libertades que hemos ganado y también las realidades interiores. Creo que las dos deben ir juntas.

  • Hablando de las realidades interiores, hoy a grandes rasgos queda un poco naif, pero a comienzos de la pandemia había un consenso general respecto a la introspección a la que nos invitaba el encierro. ¿Qué opinión tenés sobre eso? ¿Creés que sucedió?

En parte fue una especie de retiro espiritual forzado, si se quiere, y creo que a muchos nos ha servido ese tiempo, aunque más no fuera por el hecho de haber perdido el abrazo y que eso nos dé la pauta de cuánto nos necesitamos los unos a los otros. Y también de cuánto nos afecta a todos lo que pase en cualquier punto del mundo, que todos verdaderamente somos uno y que hay una red invisible que nos une. Por invisible que sea, es muy concreta, es muy real. Yo creo que eso ya se hizo carne. Esta pandemia fue una marca a fuego que nos quedó a todos, y no lo vamos a olvidar fácilmente. De eso se saca un aprendizaje. Ahora, la mirada idealista que por ahí algunos teníamos al principio de que esto iba a representar un cambio profundo y veloz de todo, no creo que vaya a ser así. Profundo, es probable que sea, pero no será tan veloz. Por suerte, somos muy diversos, pensamos y vivimos de maneras muy distintas. Sobre la faz de la tierra, en este momento, hay gente que vive igual que hace 3000 años, y otros están viajando al espacio como si se tomaran un taxi. Esas disparidades son muy grandes, y eso de alguna manera tiene que converger. No en el sentido de que todos debamos vivir igual, sino que hay que lograr que eso conviva de una manera respetuosa. Entonces, el cambio no es fácil y va a llevar tiempo, pero yo creo que estamos enfocados en eso. Y creo realmente que el ser humano está destinado a la libertad, a cada vez encontrar una mayor y una mejor expresión de la libertad, a la corta o a la larga. Así que tengo una mirada optimista.

«Hay una plomada dentro de mí que sabe dónde está el equilibrio”.

Aunque la música es su actividad principal y lo que el público más conoce de Pedro Aznar, es un artista que explora diversos canales de expresión: cocinar es para él un arte, también es fotógrafo aficionado, tiene una bodega llamada “Abremundos”, junto al lutier Fanta Beaudoux presentó una línea propia de instrumentos musicales, publicó dos libros de poesías y actualmente se está animando a escribir cuentos.

  • Cuando escribís, ¿sentís que ser músico influye en el ritmo?

Imagino que sí. Tal vez, daría vuelta la ecuación y pondría a la poesía como primera cosa, como piedra fundamental. Creo que primero hay una mirada poética del mundo y, a partir de eso, nace la mirada del artista en la disciplina que sea: pintar, bailar, escribir teatro, cantar. En primer lugar tiene que haber una mirada poética, algo que se deje conmover por el mundo para que después te expreses de la manera que sea. 

FLOR Y RAÍZ

El disco nace, según confiesa, para saldar una especie de deuda con su público, que le reclamaba este material. Fue grabado en un show en vivo en La Usina del Arte, sin público presencial y con transmisión vía streaming.

“Un poco sin proponérnoslo terminó quedando un documento de pandemia, porque escuchás el disco y está toda la emoción del vivo, se nota que hay un calor en cómo está tocado, que en un estudio de grabación difícilmente pueda ocurrir, pero el sonido es como el de un disco de estudio, porque no está el público presente, no hay ruidos de público, no hay aplausos. Es una combinación muy rara y especial. Es un disco en vivo muy atípico. Es muy interesante lo que pasa”, cuenta.

Para Aznar, la frase hecha que dice que “toda obra se completa cuando llega al público” es real. “Puede sonar a lugar común, pero es así, tal cual. Es un círculo que se completa. La obra de arte sirve como una carta de navegación del propio espíritu y les puede servir a otros, que seguramente van a ir a otro lugar. Cada uno ve lo que su alma puede o necesita ver. El círculo se completa en cada oyente de una manera distinta”.