Valentina Raposo: La Leona del futuro (y el presente también)

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Con solo 18 años, fue pieza clave del seleccionado de hockey que ganó la medalla de plata en Tokio. Entre la sorpresa por el lugar en el que está y la fortaleza mental para asumirlo sin tambalear, avanza a paso firme.

Foto Martin Waichman

Cuando comenzó el año, Valentina Raposo concentraba en el Cenard junto al grupo de Las Leoncitas, el seleccionado sub-21 que se preparaba con vistas al Panamericano Junior. Dando tres años de ventaja, a sus 18 años se dio el gusto de debutar con buenas actuaciones y marcar un gol en un amistoso contra India. Después del partido, se le acercó el Chapa Retegui y le dijo “No te volvés a Salta”. Desde ese momento se convirtió oficialmente en una Leona y cumplió uno de sus grandes sueños.

En agosto, con la medalla plateada en su pecho, se anotó como la primera deportista salteña en la historia en ganar una presea olímpica y la segunda más joven a nivel nacional (solo detrás de Gabriela Sabatini, medallista de plata en Seúl 1988). Con una actuación a la altura del desafío, metiendo incluso dos goles en el certamen (contra España, en la primera victoria del equipo; y contra Alemania, en cuartos de final), su nombre, hasta entonces una sorpresa, recorrió el mundo: fue nominada por la Federación Internacional de Hockey como “Estrella Naciente” del año.

“Todo el tiempo me están pasando cosas increíbles, y siento que no llego a asimilar el grado de magnitud de lo que estoy viviendo –reconoce Valentina–. Estoy muy feliz, contenta y agradecida”.

En su casa el deporte siempre fue protagonista: su papá y su mamá lo practicaron y decidieron que sería una herramienta fundamental para Valentina y sus hermanas. Ella pasó por natación, tenis, danza y atletismo, pero los deportes individuales no terminaban de engancharla y fue en el hockey donde hizo pie. Muchas de las amistades que cultivó desde los cinco años en el club siguen hoy a su lado. La pasión por este deporte la tomó por completo: salía de entrenar o jugar y, en casa, los partidos con su hermana Camila, un año mayor (también jugadora de Las Leoncitas), se sucedían sin contemplaciones. Luego se sumaría Bárbara, cinco años más chica.

En 2010, comandadas por Lucha Aymar, Las Leonas se consagraron campeonas del mundo en Rosario. Desde Salta, Valentina, con siete años, no se despegaba de la pantalla para ver los partidos y se prometió a sí misma vestir aquella camiseta alguna vez (“Aunque no esperaba que se me diera tan rápido”, confiesa). “Siempre estuvo en mi cabeza el deseo de ser Leona, pero fue a los doce cuando arranqué a ir a los seleccionados salteños; esto dejó de ser solamente un juego y me propuse de verdad competir y crecer. Íbamos a los torneos, jugábamos contra Buenos Aires o Córdoba, y me daba mucha bronca que nos ganaran fácil. Me mentalicé en entrenar y cuidarme todo lo posible, intentando disfrutar el proceso, para cambiar eso”, explica.

  • ¿Te entrenabas con los varones para mejorar? 

Sí, entrené con los chicos de la quinta y también con la primera de Popeye, mi club. Algunos chicos me ayudaban a entrenar arrastradas. Quería jugar a un nivel más intenso, los varones juegan más rápido y tenés que ir más fuerte. Es otro hockey. Eso me ayudó mucho a mejorar mi ritmo y el nivel, sobre todo para sumarme a Las Leoncitas, porque el nivel de competencia en Salta no es tan alto.

  • Pasaste de entrenarte con la sub-21 a jugar un Juego Olímpico con la mayor en pocos meses, ¿en algún momento sentiste vértigo?

No, nunca tuve vértigo ni nervios. No podía creer el lugar en el que estaba, pero lo disfruté y lo sigo disfrutando, nunca lo sentí como un peso. Creo que la cabeza es casi el 70 por ciento del deportista. Si uno no está bien con uno mismo o con su cabeza, no rinde al máximo. Yo siempre tiro para adelante y trato de ser positiva, a pesar de las adversidades que pueda haber.

Este año también supo de adversidades, porque al regresar de Tokio se reincorporó a Las Leoncitas para viajar al Panamericano Junior y buscar la clasificación al Mundial, pero un contagio en la delegación hizo que todo el equipo quedara aislado por ser contactos estrechos. Se perdieron la competencia, donde un plantel B representó al seleccionado, aunque no consiguió clasificar al Mundial: “En un mes pasé de la máxima felicidad a la máxima desilusión”, cuenta.

Sin Mundial, la etapa juvenil de Valentina comienza a cerrarse, mientras que su llegada a Las Leonas parece solo el comienzo de una historia que promete varios capítulos más. Encabeza las perspectivas de futuro de un grupo de jugadoras que desde hace veinte años cambia de nombres y mantiene los resultados. La Leona más joven de todas, poco a poco, se hace cargo de su lugar: “Cada vez me siento más parte del grupo, aunque todavía no del todo. Es increíble todo esto para mí”. 

ILUSIONES Y METAS

Antes de viajar a Tokio le llegaron propuestas desde Bélgica, Estados Unidos y España, pero prefirió descartarlas para solo pensar en los Juegos (“Le di prioridad al seleccionado, que es donde quiero estar”, afirma). Se ilusiona con jugar en el exterior, pero no se apura; sabe que es chica y las oportunidades, si mantiene el nivel, van a seguir apareciendo.

Mientras tanto, piensa anotarse en la universidad el año que viene. No se decidió aún entre Comunicación Social y Kinesiología, carrera que ve como un paso previo para investigar lo que más le interesa: la biomecánica.