Sebastián Páez Vilaró: En el vientre de su ballena

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Su bar, Rey de Copas, fue declarado de Interés Cultural por la Legislatura de Buenos Aires. Historia del creador de una obra viviente, para quien los objetos tienen vida propia.

Texto: Gustavo Ng  Foto: Laura Ortego

Un lugar es la extensión de quien lo habita. En el barrio de Palermo, en la ciudad de Buenos Aires, el bar Rey de Copas es el vientre de una ballena construida y habitada por Sebastián Páez Vilaró, junto a amigos, mozas, bármanes y parroquianos. 

Allí dentro, uno está envuelto en un sueño hecho de colecciones de máscaras de las civilizaciones del Chaco, banquetas fabricadas con durmientes, esculturas abstractas, una diosa china, una barra de maderas de un puente, los doce signos del Zodíaco chino en cerámicas de Indonesia.

Sebastián acepta que su bar parece un museo, “pero vivo”, advierte, porque él elige cada uno de los objetos (en el acervo familiar, en los viajes por países insospechados), los colecciona, los convierte en otra cosa, los dispone de una manera u otra, los va cambiando de lugar. Algunos se van, llegan otros. Ese mundo es la personalidad de su hacedor, un muchacho de 35 años para quien, a su vez, los objetos están hechos de las marcas que ganaron en sus vidas.

En el fondo de una conversación, que ha sido larga hasta llegar a la intimidad, Sebastián dice en tono muy bajo que “hay que saber ver a través de cada una de estas cosas, o sea, ver la intención que tuvo alguien al hacerlas”.

Habla de “dejar cicatrices en la vida de los objetos”. Él, que fue básicamente repujador de metales, afirma: “Lo bueno de los metales es que tu marca quedará muchos años”.

“Cuando dibujo, aparece algo que no es lo que estoy buscando hacer. Es como abrir una especie de puerta. Es un clic, que le sucede a un músico, al actor cuando actúa, a cualquier persona que se pone a hacer algo. Aparece una forma en la que para mí es fácil dejarme llevar y fluir”, cuenta. ¿Entonces su obra es el resultado de querer hacer algo, pero terminar haciendo otra cosa? “Sí, se podría decir que es un error, pero en un sentido en que los errores están buenos, porque a partir de una irrupción, producís algo que está mejor que lo que querías forjar. Es otra manera de aprender de los errores. Ponés un mueble acá, que iba en otro lugar, pero resulta que acá está muy bueno el modo en que cambia el ambiente”, responde. 

Detrás de Sebastián, arriba, una placa gigante de mural repujado, superpoblada de pequeños signos, parece el altar de una iglesia de otro mundo. Es una obra suya. Tiene un taller en Tigre, pero hoy toda su vida está puesta en el bar.

Sebastián no parece sentirse cómodo cuando le cuelgan el título de artista. “Somos canillas. El agua pasa a través de nosotros. En ese sentido, todos estamos creando todo el tiempo. La diferencia es como la de los caños de un rifle: cada uno tiene unas muescas que dejan en las balas marcas que las hacen únicas”, reflexiona.

Empezó a dibujar de chico, porque la casa de su papá “estaba llena de fibras y lápices y materiales”. Su papá era el uruguayo Carlos Páez Vilaró, muralista, pintor, ceramista, escultor, escritor y compositor, que fue desparramando entre sus hijos el legado de su estirpe de constructores y de artistas globales.

Sebastián nació en Buenos Aires, hizo el secundario en Uruguay y luego regresó a Buenos Aires. Siguió creando durante toda su adolescencia.

“Mi viejo dibujaba y yo le convertía el dibujo en metal. Vivir con él era como vivir en una tromba. Se levantaba a las siete y se ponía a hacer cosas. Era incesante. Siempre había mucha gente, una muchedumbre que tocaba el tambor… era un poco surrealista. Para que esa energía no me absorbiera, yo hacía mis cosas. Aprendí la técnica del repujado de metales. Después, mi vieja vio que no tomaba un rumbo y me puso una especie de sueldo para que le hiciera ciertos trabajos a mi viejo. Fue una trampa, pero me permitió hacer algo que me gustaba”, relata.

El nombre del bar es el mismo que su padre le puso a su bar en Casapueblo, su lugar en la costa uruguaya. Sin embargo, este Rey de Copas es uno de los bares más fantásticos de Buenos Aires, y es absolutamente personal, una extensión de la personalidad de Sebastián.

“Esta es mi forma de tener un bar”, contó el día en que Rey de Copas fue declarado de Interés Cultural por la Legislatura porteña, rodeado por una nube de trompetas estampada contra la pared, mucha gente, un farallón de cactus, botellones de vidrio y lámparas de la noche de los tiempos.