Pablo Bocco: “Haití me cambió la cabeza”

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El joven cordobés fue director general de la ONG Techo en la isla caribeña. Subraya que es imposible cambiar el mundo solo, aunque todos deben ayudar a transformarlo.

Foto Sebastián Salguero

Cuando llegó a Puerto Príncipe, la capital de Haití, en agosto de 2017, Pablo Bocco (30) creyó que continuaba en Kenia. El trayecto desde Nairobi había sido eterno, y en el primer amanecer en la isla caribeña, con los vendedores afroamericanos de caña de azúcar y el calor tórrido, sintió que no se había mudado de continente. 

“Llegué de noche, después de 52 horas de vuelo. Iba con fiebre por un virus y perdí la maleta. La primera impresión fue que no me había ido de Kenia”, asegura. 

En Puerto Príncipe se haría cargo de la dirección general de la filial local de la ONG Techo, una organización que colabora con quienes viven en asentamientos precarios en diversos países.

“Supe dónde estaba Haití en el mapa dos días antes de ir para allá. Tampoco conocía la cultura”, cuenta. 

El desafío de Pablo, oriundo de Morteros, en el noroeste de la provincia de Córdoba, era reactivar la oficina de Techo, que se encontraba en crisis económica y con un equipo desmantelado. 

Por entonces Bocco, comunicador audiovisual, ya se había fogueado en organizaciones sociales cordobesas y había cursado un posgrado en gestión e innovación social en África. Hoy es parte del equipo de responsabilidad social en Tarjeta Naranja.

DESTINO IMPENSADO

Haití llegó a la vida de Pablo sin anunciarse. Al finalizar la experiencia keniana, un excolega de trabajo le sugirió postularse para el cargo de director de Techo en la isla. A los pocos días, le dieron el puesto en el primer país independiente de América Latina, el más pobre del continente americano y el que registra la mayor cantidad de ONG per cápita del mundo.

Los primeros seis meses vivió en una habitación de una casa antigua. “Dormía en la cocina, en un colchón. En las alacenas tenía mi ropa y en un rincón, sobre una silla, ponía la compu”, relata. Haití es del tamaño de Entre Ríos, pero solo goza de luz cuatro horas por día y no hay agua corriente. 

“No conocía Haití ni Techo, tuve que aprender de la organización y del país. Eso requirió que saliera al territorio a conocer las comunidades y los proyectos mientras estaba en contacto con la oficina internacional”, relata. 

En cuatro meses, ya hablaba creole, el idioma del pueblo. “La mayoría de la población no está educada. Cuando me hablaban en francés, les respondía en creole y se sorprendían”, recuerda. 

De a poco, la ONG comenzó a trabajar en el cambio de paradigmas que se adaptaran más al entorno. Es que Techo construye en el mundo casas temporales, pero en Haití la gente no puede mantener ni mejorar sus viviendas, que, se supone, son de transición hacia una definitiva. 

“Las familias siguen viviendo en la pobreza. La vivienda les da refugio durante cinco años, pero son de madera, hay que pintarlas y mantenerlas; y esas familias, con nueve hijos y sin trabajo, no ahorran para la pintura”, plantea Bocco, que cree que el cambio cultural anida la transformación social.

De esta manera, Techo Haití desarrolló la primera vivienda permanente –de madera, cemento y piedra–, que levantan en un trabajo mancomunado entre habitantes y voluntarios. También difundió entre la gente las nuevas técnicas de construcción. “La consigna no era ‘Les damos una vivienda’, sino ‘Venimos a construir con ustedes’”, remarca Pablo.

“La experiencia me ayudó a ver que lo fundamental es la actitud frente a los problemas. Haití es un país con muchas necesidades. Pero cuando vas a la comunidad, sonríen y festejan, es un pueblo alegre”, dice Pablo, que regresó a Córdoba a fines del año pasado.

Cuando le preguntan cómo hizo para manejar la frustración frente a todo lo que faltaba por hacer, no duda: “Hay que acotar las expectativas. Mi aporte más grande no fue la construcción de casas, sino el crecimiento de mi equipo, que tuviera nuevos liderazgos, que quedara una persona que haga bien lo que hace, con pasión. Hay que ser humilde y saber que no vas a cambiar el país. El cambio más grande es en la cabeza, animarse a probar, a hacer las cosas diferentes. Pensar un mundo distinto y actuar; hay que generar ese espacio, con personas motivadas, con confianza. No hay que irse lejos de donde se vive. A veces la gente piensa que puede cambiar todo, y se frustra y no hace nada. Es el equilibrio: no somos Dios, pero tampoco somos nadie”.