Viejo es el viento

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A pesar de los prejuicios sobre envejecer, las personas mayores demuestran que los años dan mucho más de lo que quitan y que siempre se puede seguir aprendiendo y proyectando.

Fotos: Istock

Hay una máxima que sostiene que la experiencia es un peine que nos dan cuando nos quedamos pelados. Algo inútil, que llega a destiempo, cuando ya no es posible usarlo. La vejez sufrió décadas de mala prensa, de bastardeos, de prejuicios y mitos que calaron hondo en la forma en la que se la percibe, en la que pensamos en ella. Ana María Viscarra tiene hoy 66 años y, luego de sobreponerse a un fuerte problema de salud, goza de una vida que en términos generales describe como feliz. Hace 30 años no imaginaba un presente como este: “Creía que a los 50 iba a comenzar a deteriorarme, a ser una carga para mis hijos, que ya no iba a poder disfrutar de prácticamente nada. De hecho, consideraba que si moría a esa edad, sería mejor para todos. Afortunadamente, estaba muy equivocada”, reconoce.

“Yo pensaba que cuando uno se volvía viejo todo era pérdida: de la belleza, de la salud, de la memoria. La única posibilidad de cambio era en un sentido de deficiencia. Sin embargo, en estos años he notado que logré cambios por los que quizá estuve padeciendo casi toda mi vida. No te voy a decir que son cambios radicales, porque es mentira, pero sí lo suficientemente importantes como para que me dé mucha satisfacción que se hayan producido”, cuenta la actriz Mirta Busnelli.

El doctor Alberto Cormillot ensaya una explicación sobre esta visión pesimista que su generación tenía sobre envejecer: “Cuando yo era chico, veía a mi abuelo o a otras personas de 70 años como superviejas, recontratachadas. Yo viví todos los cambios, y hoy no es así. Si agarrás a un pibe de 20, tiene alguna referencia de alguien en la familia con más de 70 años y que está en buen estado”.

Diego Bernardini, médico de familia y gerontólogo, agrega que los mayores cargan con una mochila social que es el culto a la juventud de las sociedades occidentales. Ese culto tiene como cara opuesta el desprecio a la vejez. Si lo ideal, deseable y esperable es ser joven, lo contrario genera rechazo automático. “Todavía nuestra sociedad se maneja con un concepto de la revolución industrial: joven y fuerte es mucho mejor que maduro. Eso pongamos que estaba bien cuando el trabajo era manual, cuando el desempeño era físico. Hoy el trabajo está dejando de ser manual y el desempeño está siendo básicamente cognitivo. Para eso, la edad no importa. Es más: si hablás de cuestiones relacionadas con la aritmética, la riqueza del vocabulario, el conocimiento en general, la comprensión del mundo, cuestiones que tienen que ver con habilidades laborales como la colaboración, el trabajo en equipo, la interculturalidad, la diversidad, la capacidad de persuasión y delegación, o simplemente con algo muy básico que es la capacidad de contactos, el networking, todo eso está más desarrollado en una persona mayor”, explica.

La periodista Cecilia Absatz semana a semana reflexiona sobre esta etapa de la vida (“que hasta ahora se vio con muchos prejuicios”) en su newsletter Viejo smoking: el nombre refiere a una forma elegante de ser viejo. Sobre el derribamiento de aquellos prejuicios, analiza: “El descubrimiento que hago a medida que pasan los años es que si bien no contás con las alternativas y las emociones de la juventud, si tenés una base resuelta (una entrada de dinero razonable, un servicio médico y salud), es una época de la vida realmente muy placentera. Podés dedicarte exactamente a lo que querés, porque a esta altura ya sabés lo que querés y, antes que nada, lo que no querés”.

“Lo mejor que me dio esta etapa es la pérdida de la ansiedad, de la voracidad de estar en todo”.
Daniel Divinsky

El paso del tiempo, el envejecimiento, como sugieren Busnelli y Absatz, es el momento en el que algunas cosas decantan, se acomodan o se hacen más visibles, para que podamos actuar sobre la base de ese conocimiento adquirido, de ese saber que no llega de golpe, como un rayo, sino que es consecuencia de un proceso vital, es una tarea fina, similar a la del arqueólogo que descubre lo que la tierra oculta poco a poco, sin apurarse para extraerlo sano y salvo. Sería imposible tener antes todo lo que llega y se disfruta en la vejez.

Hay una perspectiva que cambia, principalmente por el cambio de velocidad. Lo que antes el apuro impedía observar, al prestarle atención resulta más evidente. Es lo que le sucede a Daniel Divinsky, fundador e histórico editor de Ediciones de la Flor: “Lo mejor que me dio esta etapa es la pérdida de la ansiedad, del apresuramiento, de la voracidad de estar en todo. Aunque nunca fue posible satisfacerla totalmente, había una especie de tensión hacia estar en todo. Ahora me satisface estar bien en lo que estoy”.

La veneración por la juventud comenzó, en parte, en la década del 50, junto a la cultura del rock and roll, con Elvis Presley como abanderado de lo deseable. Sebastián Campanario, autor de Revolución senior, va más atrás y recuerda que recién comenzó a ser obligatorio conocer la edad de las personas en los países modernos hace más o menos dos siglos: “Fue necesario para los estados censar para saber a quiénes pagarles pensiones, quiénes tenían que ir a la escuela o hacer el servicio militar. En la antigüedad incluso hay muchas tumbas y entierros que no dicen la edad de las personas”.

La estructuración de la sociedad delimitó tareas y obligaciones de acuerdo con las edades: escuela, universidad, mayoría de edad para alcanzar ciertos derechos, pensiones y jubilaciones. Y llegó hasta ahí: una vez jubilada, de esa persona el Estado no espera algo en particular, lo que induce a esta idea cada vez menos generalizada de que se trata de una espera hasta la muerte, un espacio vacío que no se llenará.

Sin embargo, no solo es una etapa en la que se pueden llevar adelante muchos proyectos, apalancados por el saber acumulado, sino que también es un momento de aprendizaje, de incorporación de más herramientas. La empresaria Marta Harff coincide: “La vida es todo un aprendizaje todos los días, no termina nunca. Eso es lo lindo. Si ya las sabés todas, ¿para qué? Sería hasta deprimente”. 

Daniel Divinsky parafrasea a Tolstoi y dice que, así como todas las familias felices se parecen y las infelices lo son cada una a su manera, también los adultos mayores son cada uno a su modo. “Hay distintas formas de envejecer y se nota en el mantenimiento de la actividad. No necesariamente laboral, pero sí una actividad general que mantenga la lucidez y la aptitud física. Otra cosa es la curiosidad que, para mí, si a esta edad no se tiene, ya no se puede adquirir, aunque sí perder”, reflexiona.

El conjunto de actitudes negativas hacia los ancianos y el proceso de envejecimiento fue llamado “viejismo” (ageism, en inglés) por Robert Butler. A ese viejismo hizo referencia el doctor Cormillot en una entrevista reciente. Lo sufrió en carne propia: primero, cuando la diferencia de edad con su pareja (48 años) fue tema de conversación pública y luego cuando dieron a conocer la noticia de que esperan un bebé.

“Yo nunca registré mi edad, nunca pensé en cuántos años tengo, pero no tuve más remedio que hacerlo de tanto que me dijeron: ‘Doctor, ¿cuántos años le lleva?’. No me puedo hacer tan el distraído, entonces tuve más conciencia”, confiesa Cormillot. Pero ni aún siendo más consciente de ella la edad es para él un impedimento: al manejo de sus clínicas y grupos de descenso de peso agrega su trabajo en medios de comunicación, la lectura de entre 15 y 20 papers diarios, las clases de tap y de acrobacias aéreas, y, ahora, también la conducción de un nuevo reality en NET TV que habla, precisamente, sobre la vejez.

“Es una época de la vida muy placentera. A esta altura ya sabés lo que querés y, antes que nada, lo que no querés”.
Cecilia Absatz

El viejismo es transversal y cruza diversos ámbitos. Maritchu Seitun es una de las referentes más importantes del país en temas relacionados a la crianza. Con 67 años, es testigo de una contradicción respecto a los padres y madres jóvenes que le realizan consultas, la siguen en redes o leen sus libros: “Lamentablemente a los padres jóvenes les cuesta escuchar a sus mayores en temas de crianza y descartan todo sin darse cuenta de que sus padres tienen muchos aportes muy valiosos para ofrecerles. Los jóvenes tienen que lograr su síntesis personal de paternidad, incluyendo experiencias de sus padres y descartando otras. No se dan cuenta esos padres que tanto me leen y me escuchan que yo también soy mayor y soy abuela”.

Héctor Grunewald tiene 75 años, es trabajador de la construcción y, sobre todo, ultramaratonista. Es capaz de correr cientos de kilómetros en una competencia, de mantenerse en movimiento horas y horas, haciendo gala de una notable resistencia. “Esto me ayuda muchísimo a disfrutar de la vida. Es más: es la mejor etapa de la vida. Tal vez algunos no lo entiendan y piensen que los 40 o 50 años son una edad límite para disfrutar. Pero no es así. Los mejores momentos uno los disfruta a esta altura de la vida, porque lo otro pasa muy rápido, uno tiene mucho apuro por vivir y entonces deja pasar muchas cosas. Llegar a viejo es el premio de la vida y no hay que detenerse. Lo mejor es moverse”, afirma.

En el deporte, en las tareas hogareñas, en el arte, en el manejo de empresas, en el cuidado de la salud o donde fuera, ya es hora de dejar atrás los últimos mitos que intentan sostener que la tercera edad, o la vejez, es una etapa de pérdidas. En una sociedad que intenta pensarse cada vez más a sí misma y a sus prejuicios, para correrlos a un costado, le llegó el turno al viejismo. 

Y EN LA CAMA TAMBIÉN

Son pocas, casi nulas, las representaciones, en la cultura popular, de personas mayores teniendo relaciones sexuales o encuentros eróticos. Aunque es una cuestión invisibilizada, los deseos y la actividad permanecen, con sus matices.

Francesca Gnecchi, diplomada en educación sexual (@alasparatusexualidad, en Instagram), profundiza: “La vida sexual de una persona comienza y termina cuando ella decide hacerlo. No hay una fecha límite ni mucho menos. A mayor edad puede haber falta de lubricación para las personas con vulva y dificultad en las erecciones para las personas con pene, pero la sexualidad no está relacionada únicamente a la genitalidad. La sexualidad es intimidad, son las caricias, los besos, los abrazos, las masturbaciones en conjunto, los juguetes eróticos, el sexo tántrico… Cada vez son más las personas mayores de 60 años que me consultan. Hay poca información en general sobre este tema, por lo que comencé a dictar talleres dirigidos a este grupo para que puedan vivir su sexualidad de la mejor manera”.