La intimidad del Delta

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Palabras e imágenes que fluyen hasta su desembocadura, para introducirse en la intimidad del Delta.

Los arroyos y las islas del Delta del río Paraná absorben a la gente como un regazo verde. La sumen en el apaciguamiento y la reflexión, y también en cierta inquietud. Es un estado que favorece la labor de los escritores.

Es un lugar de una fertilidad apasionada. Todo crece velozmente. Como guías de enredaderas apuradas, se propagaron por el papel las palabras garabateadas por Marcos Sastre, Mujica Láinez, Rodolfo Walsh, Sarmiento, Arlt, Girondo. Aquí escribió y se mató Leopoldo Lugones, aportó premio Nobel el guatemalteco Miguel Ángel Asturias y ahora escriben Alicia Genovese y Camilo Sánchez. Muchos de ellos han tenido una vida en estas islas, con la luna flameando en el agua. Uno de esos fue Haroldo Conti. 

Estas fotos surgieron de las veces que mi cámara se encendió ante imágenes que ya estaban en sus relatos. Él decidió venir a vivir a este lugar una mañana que lo vio desde el cielo, piloteando un avión. Llegaba a su casa remando por el laberinto de arroyos y ríos que se entretejen en la vastedad. 

Conti le puso nombre a este mundo. De cuanto se ha escrito sobre el Delta, sus palabras son las más vivas. Están tan vivas como la gota de agua que resbala por una hoja, como los ojos de una araña, como la blancura de una garza quieta como una estatua, despierta como una serpiente. Leer la novela Sudeste me llevó a sentir las estrellas más próximas y más sonoras en medio de la noche, el súbito enfriamiento que sobresalta a quien está en el muelle; los instantes que siguen a la puesta del sol; la brutal luminosidad del verano, cuando todo es trazos cortantes de sombra o trazos de luz; el bullicio creciente en la masa de plantas cuando madura la primavera.

Conti fue desaparecido por la dictadura militar. Escribió así: “En el invierno la luz se refugia en lo alto. Amanece y oscurece en lo más encumbrado del cielo, muy lejos de la superficie. En verano sucede lo contrario. La luz comienza a brotar de las mismas islas y, empujando por allí, desborda hacia el resto del día”. 

Sin saberlo, la intimidad adentro de una casa está rodeada de la eternidad del mundo de las islas. Sin saberlo, la intimidad adentro de una casa está rodeada de la eternidad del mundo de las islas.
Se apaga el día con fanfarria de colores, y con modestia se encienden en la oscuridad las ranas, los grillos y el sonido eterno del agua.
El Delta es todo guaridas que nos llevaremos adentro cuando ya no estemos allí.
El agua es espejo que corre.
Las islas son un manantial del que brota incesantemente la vida.
GUSTAVO NG

San Nicolás, 1962. Periodista. Desde 1981 ha publicado en los diarios The Yomiuri Shimbun (Japón), Clarín y El Mundo (España); y en las revistas Siete Leguas, Convivimos, Ñ, Maxim y otras. Fundador de Revista DangDai. Ha hecho numerosas presentaciones de fotos de viajes alrededor del mundo.