Mapa de las mujeres en el mundo del vino

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Dentro de la gran tradición vitivinícola de la Argentina, las mujeres comenzaron a pisar fuerte recién en el siglo XXI. Desde que la primera enóloga del país, Susana Balbo, se recibió en 1981, su protagonismo no ha parado de crecer. Una verdadera revolución en la industria del vino.

Hace 20 años, hablar de las mujeres del mundo del vino era hablar de una minoría. Conformaban una excepción, en especial aquellas que estaban al frente de una bodega o destacaban como enólogas, y ni hablar de las ingenieras agrónomas, una rara avis de la industria. Sin embargo, la revolución femenina llegó también al universo del vino, y si bien aún son menos que los hombres, cada vez se ven más. Hubo pioneras que desde su lugar empujaron para que esto creciera y se convirtiera en una ola imparable que hoy cosecha sus frutos.

La Argentina tiene una gran tradición vitivinícola y cuenta con bodegas centenarias reconocidas en el mundo, sin embargo, la primera mujer en recibirse de enóloga en el país fue Susana Balbo, recién en 1981. “Me inicié en una región muy tradicionalista y conservadora como lo es Salta; trabajar diez años en un lugar de esas características fue un desafío enorme para mí, ya que me encontraba muy expuesta”, cuenta y agrega: “En aquellos tiempos, para que una mujer fuera respetada en esta profesión debía demostrar su talento en todo momento, las mujeres debemos demostrar el doble que los hombres para que se nos considere iguales”. Otra de las pioneras fue Ana Amitrano, alma máter de la familia Zuccardi y una de las responsables del crecimiento de la bodega no desde la finca, sino como empresaria. También la periodista Elisabeth Checa, que desde hace años se dedica a la comunicación y promoción del vino argentino; o Patricia Ortiz, la primera (y actual) presidenta de Bodegas de Argentina y responsable de Bodega Tapiz. Son muchas las mujeres que allanaron el camino y contribuyeron a crear este presente de mayor igualdad. En el último reporte sobre el vino argentino publicado por el prestigioso periodista inglés Tim Aktin, Pamela Alfonso, directora de Bodega Alta Vista, fue elegida como la vitivinicultora del año, otro dato que habla del buen momento que viven las mujeres de la industria. Alejandra Riofrío, enóloga de Navarro Correas, cuenta: “En estos diez años, el cambio ha sido significativo. Todas mis colegas, amigas de la facultad, las que empezaron a trabajar hace una década, estaban más en el laboratorio, en control de calidad, era difícil ir un poco más allá, en esta última década ha sido muy radical el cambio que se ha hecho”.

“El vino tiene mucha ciencia, pero también mucho arte, atrae a personas soñadoras, porque se vende contando historias del pasado y del futuro”.
Laura Catena.

En países productores de vino con una larga tradición como Francia, España o Estados Unidos, hay una mayor paridad y la brecha salarial casi no existe. En la Argentina todavía queda un trecho por recorrer. Como dice Lorena Mullet, de Cruzat, para la enología no hay género ni atributos especiales, solo la capacidad y sensibilidad de cada uno. “Cada vez hay más mujeres en la industria del vino desempeñando distintas actividades, desde sommelier hasta el sector de turismo, enológico, en viñedos, marketing, diseño… Hay muchas cosas por hacer, y necesitamos formar equipos donde participen hombres y mujeres”, opina Lorena. Pulenta State es una bodega chica que marca tendencia con algunos de sus proyectos. En todos se encuentra detrás Milena Juri, responsable del laboratorio de alta tecnología y microbiología, porque el cambio se está dando en todos los frentes. Otra bodega con una fuerte presencia femenina es Ruca Malén. Desde allí, Agustina Hanna, su enóloga, cuenta que cuando le comentó a su abuelo que iba a estudiar Enología, este le contestó que esa era “una carrera de hombres”. Y así se percibía hasta no hace mucho. “Cuando me tocó empezar a trabajar, por suerte ya había grandes enólogas como Susana Balbo, Gabriela Celeste y Estela Perinetti, que demostraron que teníamos la misma capacidad, yo no sentí que ser mujer fuera una limitación”, dice Agustina, que con solo 30 años pasó por Catena Zapata, Monteviejo y Bodega Rolland. “Lo lindo es que cada vez somos más, durante la cosecha estamos más de 12 horas en la bodega y hay que poner el cuerpo y mucha fuerza, pero hemos demostrado que estamos a la misma altura de los hombres”, agrega.

Milena Juri en acción, poniendo el cuerpo y la mirada científica en Pulenta State.
Susana Balbo, primera enóloga del país y una de las grandes responsables
del presente del vino argentino en la bodega que lleva su nombre.

Cada vez más mujeres ocupan puestos de mando en las bodegas, algunas continuando el legado familiar. Laura Catena es una de ellas; también Ana Viola, de Malma; Lucía Romero, de El Porvenir; Sofía y Lucila Pescarmona, de Lagarde; y Juliana del Águila, que lleva adelante Bodega Fin del Mundo. Si bien la primera profesión de Laura Catena fue la medicina, trabaja con su padre desde los 90. “Cuando empecé éramos muy pocas, yo llegué al vino desde la medicina, donde hay muchas mujeres con altos mandos, y entré muy de igual a igual y a la par de un padre cuya madre había sido la directora de escuela del pueblo, muy exigente, y que pensaba que a través de la educación se podía conquistar cualquier objetivo –cuenta–. Después el vino tiene mucha ciencia, pero también mucho arte, atrae a personas soñadoras, porque el vino se vende contando historias del pasado y del futuro”. Al igual que Laura Catena, Ana Viola también estudió Medicina y viene de una familia con bodega propia. “Estaba acostumbrada a ir a una reunión donde todos los representantes de las bodegas eran hombres, y lo tenía tan naturalizado que recién cuando empezó a cambiar, cuando empezaron a aparecer más mujeres, me di cuenta de que esa ausencia estaba mal”, explica Ana, CEO de la bodega patagónica Malma. “El cambio es lento, los tiempos no son ajenos a los de la sociedad. Debería ser más rápido, pero va a tomar tiempo. Aunque los hombres siguen siendo mayoría, está bueno ver que está cambiando”, dice.

“La mirada femenina es totalmente diferente; sin embargo, nada funciona mejor que un equipo equilibrado, de hombres y mujeres. También tienen mucho que ver las nuevas generaciones. Recuerdo cuando mi hermana, Lucila, se unió al equipo, fue buenísimo porque traía ideas nuevas, fue como un renacer de la bodega”, afirma Sofía Pescarmona.

La experiencia de las hermanas Millán fue similar en Los Toneles, pero para ellas la dificultad radicaba en el hecho de ser una familia que no pertenecía al mundo del vino. “Veníamos de otro rubro y encima ¡éramos todas mujeres! Tuvimos que pagar el derecho de piso”, aclara Marisel, la CEO de la bodega. Cuatro hermanas, dos dedicadas a la industria que fueron contando su historia a través de sus vinos, riéndose un poco de sí mismas con Mosquita muerta, Sapo de otro pozo, Malcriado, todos vinos que hablan de la familia. Tanto Marisel como Melina participan activamente en el hacer de los vinos y acompañan a su enóloga Clara Roy en su labor cotidiana.

 “En esta última década ha sido muy radical el cambio que se ha hecho”.
Alejandra Riofrío

En Salta, desde 2016 María Virginia Quarín se desempeña como enóloga de Bodegas Etchart y forma parte de una generación “que viene a hacer ruido”. “En los últimos años considero que se nota una diferencia en los vinos, una mayor frescura, mayor elegancia, y creo que fue la mujer la que llegó a introducir ese cambio”, sostiene. ¿Se pueden percibir las diferencias entre un vino elaborado por una mujer y uno hecho por un hombre? Todas coinciden en que no, es imposible diferenciarlos, porque, en definitiva, en la copa confluyen la sensibilidad del enólogo, el trabajo en la finca, el clima y la uva, aunque el aporte de las mujeres haya sido fundamental para generar cambios y aportar una nueva mirada.

Carolina Pedrayes, de Finca Bandini, siempre estuvo acostumbrada a moverse entre hombres, estudió Ingeniería y trabajó años en el sector petrolero, así que sabe que las mujeres deben trabajar el doble para probar lo que valen. “Siempre tenía que rendir por tres, mucho más que si hubiera sido un hombre. Pero donde está el verdadero machismo es en las casas, eso es lo que hay que cambiar”, declara. Y lo está haciendo. Hace un tiempo, María Laura Ortiz armó un grupo de WhatsApp con la idea de vincular a las mujeres que trabajaban en la industria. Ya  son más de 100 y el chat arde con consultas, intercambios de información, noticias, datos de proveedores, todo se comparte sin celos ni competencias, algo que no debería sorprender, porque la sororidad no es solo una palabra de moda, existe y está instalada. ¿Las mujeres pueden trabajar juntas, pueden trabajar a la par de un hombre, dedicarle el mismo tiempo y energía? Ellas han demostrado que sí.