Salvando a la ballena franca austral

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Son monumentos naturales nacionales y la tasa de crecimiento de sus poblaciones se está desacelerando. Amenazas, estrategias de conservación e investigación de este tipo de cetáceo.

Desde los inicios del movimiento ecologista, el lema “Salven a las ballenas” unificó a gran cantidad de gente en todo el planeta en la defensa de estos animales fascinantes. La imagen de la cola saliendo del agua y todo el merchandising asociado a ese momento extraordinario hicieron furor en los 80 y nadie nunca más pudo mirar a un animal de esta especie sin pensar que está en peligro.

Luego de años de lucha, se logró que en 1986 se prohibiera la caza comercial de ballenas bajo la moratoria de la Comisión Ballenera Internacional (CBI) y, para conmemorarlo, el 23 de julio se designó como el Día Mundial de las Ballenas y los Delfines. En ese entonces, Islandia y Noruega presentaron objeciones a esta norma y años después dejaron de respetarla, mientras que Japón siguió cazando ballenas bajo el pretexto de “caza científica”. Por esto recibió críticas y finalmente se retiró del CBI en 2019, aunque prometió que solo cazaría en sus aguas territoriales y zona económica exclusiva, lo que liberaría al hemisferio sur de su amenaza.

Las ballenas pertenecen a las familias de los cetáceos, que son mamíferos placentarios completamente adaptados a la vida acuática, al igual que los delfines y narvales. Están distribuidos en todos los mares y se destacan, entre otras características, por sus dimensiones: la ballena azul es el animal más grande que vive en el planeta. Por su parte, el cachalote –la ballena del libro Moby Dick– tiene el cerebro más grande del reino animal, que es hasta cinco veces más voluminoso que el del ser humano y pesa cinco kilos. 

Las ballenas son indicadoras de la salud de los océanos. Están en la cúspide de la pirámide alimentaria y son animales migratorios que pueden pasar de las aguas nacionales de un país a las de otro y a aguas internacionales. 

“Por eso las ballenas son un patrimonio global, y por eso también ningún país debería atribuirse el derecho moral de matarlas para venderlas”, asegura Mariano Sironi, director científico del Instituto de Conservación de las Ballenas (ICB) en una disertación que llamó “La ballenidad”. 

DESDE PENÍNSULA VALDÉS

En la Argentina, la ballena franca fue declarada Monumento Natural Nacional en 1984, y la Ley 25.577 prohíbe la caza de cetáceos en todo el territorio. Pero además, Chubut estableció leyes que reglamentan el acercamiento y avistaje turístico. Sin embargo, los especialistas coinciden en que se requieren más medidas en este sentido, como áreas marinas protegidas y santuarios para conservar sus hábitats críticos y permitir la recuperación de su población.

“La población que utiliza el área de cría de Península Valdés es de aproximadamente 5000 individuos y crece a una tasa del 5,1 por ciento anual. Su estado de conservación actual según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, por sus siglas en inglés) es de preocupación menor (LC)”, detalla a Convivimos Roxana Schteinbarg, cofundadora y responsable del área de Conservación del ICB.

“Sin embargo, en la actualidad las ballenas francas enfrentan diferentes amenazas: los ataques de gaviotas cocineras que se alimentan de la piel y la grasa de individuos vivos, el calentamiento global que afecta negativamente en la disponibilidad de alimento, al igual que la sobrepesca industrial, la contaminación química, incluyendo la basura marina (en particular, los plásticos) y acústica, los enmallamientos con redes de pesca y sogas en desuso, y las colisiones con embarcaciones”, explica. 

“Muchas poblaciones de ballenas son sobrevivientes de la cacería comercial, y aún algunas especies siguen siendo víctimas de estas prácticas anacrónicas de la industria ballenera. Muchas poblaciones se encuentran aún muy por debajo de los tamaños originales y los océanos ya no son un lugar seguro para ellas”, menciona Schteinbarg. 

El ICB es una organización civil sin fines de lucro cuya misión es conservar a las ballenas y los océanos mediante la investigación y la educación. En 1970, el doctor Roger Payne, presidente y fundador del Ocean Alliance, descubrió que las ballenas francas podían identificarse a través del patrón de callosidades de sus cabezas, con una forma, tamaño y distribución únicos en cada animal, y ese hallazgo dio comienzo al Programa Ballena Franca Austral, un estudio científico basado en la identificación fotográfica de ballenas, que es el de mayor continuidad en el mundo. 

Cada año, entre junio y diciembre, llegan a Península Valdés cientos de ellas (un tercio de todas las ballenas francas del mundo) para cumplir con su ciclo reproductivo. El estudio del ICB ya lleva identificados unos 4000 individuos que integran familias, algunas con varias generaciones conocidas. 

Gracias a estas investigaciones se sabe, por ejemplo, que estos animales tienen crías cada tres años desde los nueve años; que los ejemplares pueden encontrarse en ciertas bahías de los golfos, las preferidas para criar a los ballenatos recién nacidos; y que su supervivencia y reproducción son afectados por los cambios ambientales. 

Estos hallazgos sobre la biología y la dinámica poblacional de las ballenas demuestran, según el ICB, que es completamente innecesario matarlas para investigarlas. El instituto promueve, a partir de este concepto, estrategias locales y regionales de conservación de cetáceos y programas educativos. También provee información a guías balleneros, de turismo, capitanes y agentes de conservación, con quienes intercambia experiencias, además de organizar y participar en conferencias.

Otra manera de participar en la conservación de las ballenas es realizando avistajes embarcados responsables o “adoptando” una ballena. Al adoptar de forma simbólica una de las ballenas que el instituto tiene identificadas fotográficamente, la persona contribuye con fondos a continuar generando el conocimiento científico esencial para monitorearlas. 

LAS BALLENAS CORRECTAS

El nombre de esta especie proviene del inglés “right whales”, por haber sido consideradas en ese momento “las ballenas correctas para matar” debido a que nadan lentamente y, al morir, usualmente flotan. Se estima que su población en el hemisferio sur, anterior a la explotación comercial, era de entre 55.000 y 70.000 individuos. Tras décadas de protección, los grupos siguen presentando números menores a los precacería, con una estimación de 12.000 ballenas francas australes registrada en el año 2009.