Silvina Moreno: “Sigo defendiendo el disco”

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Cumplió su primera década como solista y repasa los aprendizajes recogidos en un camino que comenzó mirando los resultados y el ego, y hoy la encuentra disfrutando de cada paso.

Foto Francisca Sánchez Terrero

Hace exactamente diez años, Silvina Moreno vivía en los Estados Unidos y terminaba de editar Mañana, su primer disco solista. Al año siguiente, ya en Buenos Aires, le agregaría canciones en español y comenzaría un camino que tiene, por ahora, otros tres discos (Real, Sofá y Herminia) y muchísimos aprendizajes. “No puedo creer que haya pasado tanto tiempo. Mi energía y mis ganas de seguir haciendo esto están intactas. Respecto a cuando arranqué, estoy en otro lugar en lo relativo a mi ansiedad. Antes quería resultados inmediatos con la carrera. Ahora entendí que es a largo plazo, que hay cosas que llegan con el tiempo”, confiesa.

  • ¿Cuáles eran esos resultados inmediatos que esperabas?

Hoy, y hace diez años también, sacás una canción y hay cierta expectativa de qué va a pasar con ese tema: si me va a traer nuevo público, si me hará crecer, si voy a poder sonar en la radio o en Spotify, si me van a poner en playlists, si podré hacer giras o darme a conocer en otros países… Muchísimo de eso está fuera del control de uno. Lo más importante es la música, lo que hacés. Y todo lo que viene después es consecuencia de eso. Lo fui entendiendo con el tiempo.

  • “Carrera” y “resultado” son términos muy deportivos, cuantificables…

Re. Si te enganchás en esa, se vive con ese nivel de presión. Hoy, además, todo es cruel, porque se mide en números. Yo me puedo volver muy dura conmigo misma si solamente me mido por mis números, por mis seguidores, por mis plays, las vistas de YouTube, la cantidad de gente que va a un lugar a verme. No vamos a negar que los números son importantes, porque son un “reflejo de”, pero si estoy todo el tiempo obsesionada con eso, me olvido de lo esencial, lo importante, que es que la música que hago me guste, me enorgullezca, me mueva, me divierta. Si yo solo me mido por eso, es una trampa. 

  • ¿Estabas en esa trampa?

Sí, un poco, a mis 26, 27. No es que no me divirtiera tocar mi música en ese momento, pero me obsesionaba mucho con la comparación con otros. Hoy me calmé un poco.

  • ¿Sentís que eso también se escucha?

Sí, me cambió la manera de cantar. Antes era un poco como lo que se ve en La Voz o en otros realities de canto: el efecto de lo bien que canta alguien, lo fuerte que puede cantar, las notas a las que puede llegar y cómo las puede sostener. Yo estaba atrás de eso, de mostrar que tengo una voz fuerte, lo bien que canto. Hoy no siento la necesidad de mostrar tanto. Ahora está más presente la cantautora que quiere contar la historia, que la cantante que se quiere mostrar.

  • ¿Tenía que ver con que recién llegabas y querías que te miraran?

Sí, exacto. El error era querer decir “Soy importante”, en vez de “Tengo estas historias para compartir con ustedes”. Me encanta generar empatía, encontrar del otro lado reciprocidad, gente a la que le pasa lo mismo. Eso es más divertido. Para mí el halago más lindo es que me agradezcan una canción, que me digan que los acompañó en distintos momentos. Me hace sentir que realmente aporto algo a las personas, que el impulso de cantar no es solo egoísta.

Desde chica, Silvina supo que sería artista. Podría haberse dedicado a la actuación o a la danza, aunque con la música consiguió combinar todo: baila en el escenario y actúa en sus videos. Del ambiente de la actuación la espantó lo que percibía como un terreno de competencia constante, con audiciones permanentes y la lucha por ocupar espacios y ganar personajes. En la música, en cambio, ella misma podía ser su proyecto. Guitarra en mano, con canciones en el bolsillo, se movería libremente.

Estudió durante cuatro años en Berklee College of Music, donde recibió las visitas de artistas como Jorge Drexler, John Mayer o Bobby McFerrin. Cuando volvió al país, mantuvo un ritmo de un disco nuevo cada dos o tres años. Está dentro de esos plazos, aunque la pandemia postergó levemente los planes. “La idea era sacar un disco este año, pero seguramente salga en 2022. Algunos artistas se pusieron remanijas, pilas, creativos, pero a mí la creatividad me costó bastante”, cuenta.

  • El concepto disco ya no está tan extendido…

Yo sigo haciéndolos porque, en mi experiencia personal, cada disco es una oportunidad de crecimiento enorme. No es que los singles no lo sean, pero un disco es un desafío mayor. A mí me pasa, con el single, que uno puede caer en la tentación de especular: saco uno y veo qué pasa; si no pasó mucho, saco algo un poco diferente. El trabajo integral de un disco te permite mostrar muchas facetas tuyas y tenerlas todas en un lugar. 

“Ahora está más presente la cantautora que quiere contar la historia, que la cantante que se quiere mostrar”.

  • En Herminia ya tenías varias colaboraciones, pero ahora esa forma de trabajar está mucho más extendida, ¿cómo te llevás con eso?

Me encanta. De hecho, en este disco nuevo hay intenciones de tener otras colaboraciones, estoy componiendo con diferentes colegas artistas. Está bueno, se vuelve más ecléctico, hay influencias de los demás. Son energías que metés en tu disco.

  • Volviendo a lo del comienzo, ¿es ese disfrute más importante que lo que venga después?

Sí. Tengo sueños muy grandes, ambición, pero me propuse a mí misma, como trabajo diario, que ese sueño no me esclavice. Quiero soñar y disfrutarlo, no pensar que, si no se da, voy a ser un fracaso. La historia de Amy Winehouse a mí me pegó mucho: logró un montón de cosas con las que yo sueño –ganar Grammys, tocar en estadios, en festivales, hacer giras por el mundo– y aun así no le alcanzó. Eso es una alarma enorme para entender que no se trata de llegar.

  • Además, podés llegar, pero siempre va a haber un día siguiente…

Exacto. Cuando vino Drexler a Berklee y nos dio una clínica, nos dijo eso: “Si mi objetivo mayor, mi Everest, hubiera sido ganar un Óscar, ¿qué habría hecho el día después? ¿Cerrar el estuche de la guitarra e irme a mi casa? ¿No hay más?”. Es darse cuenta de que no se trata de llegar, sino de algo mucho más profundo: un estado interno que uno va cultivando toda la vida. Llegar no es lo que te va a hacer feliz. Ser feliz es una decisión. Con mucho o con poco. Quiero que la vida me alcance como es hoy, como está. Ese es mi objetivo.