Radiografía de la amistad

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¿Qué es la amistad? ¿Qué se pone en juego con los amigos? ¿Cuánto se parecen amor y amistad? ¿Podemos tener muchos amigos? Un viaje profundo a una experiencia que deja huella. 

Fotos: AFP y Unsplash

Probablemente, la amistad sea una de las prácticas humanas más disruptivas. Pone en juego valores, afectos y construcciones personales, y también desafía a la velocidad y al individualismo que impregnan a las llamadas “sociedades globalizadas”. Esa capacidad parte de que ella exige tomar en cuenta la existencia del otro y los otros, una condición que altera la ecuación de una época en la que muchas veces se borronea o reduce la presencia humana y su cultura. 

Dice Paula Irueste, docente e investigadora de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y directora del Servicio de Neuropsicología, área infantil, de la misma facultad, al definir la amistad, que “desde la filosofía ya se pensaba en definirla. Platón y Sócrates se ocupaban de la amistad, y algunas ideas relacionadas a eso indicaban que la amistad descansa en el amor”. 

Agrega que “un eje muy importante e indispensable de la amistad lo constituye la reciprocidad. El amor de amistad debe ser recíproco. Aun si la duración no fuera extensa, siempre guarda en sí este principio de reciprocidad. En cierta forma, velar por el bien del amigo hace que pueda consolidarse este tipo de vínculo. Otro de los ejes o principios que sería esperable que rigiera este tipo de interacción es el de libertad. Sin algún tipo de reciprocidad y de libertad, la amistad se tornaría prácticamente imposible. Y el tercero es la intimidad”.

Irueste plantea luego, en relación con la amistad en la adolescencia, una etapa crítica de la vida, que “se basa en la construcción de grupos de pares, quienes se convierten en un elemento fundamental para el desarrollo de las competencias sociales, esenciales para el crecimiento personal y el desarrollo de la autoestima. A través de los grupos de amigos, los adolescentes buscan construir y reconstruir su identidad, un sentido de pertenencia, la posibilidad de compartir estilos de vida y la presencia de empatía emocional”.

Un filósofo, Santiago Kovadloff, escribió en el diario La Nación que “un amigo se inscribe en un escenario de la intensidad, el de los valores comunes. Su trato es, para nosotros, riqueza excepcional, afinidad extrema. Nos reconocemos en su modo de vivir. En sus palabras. En su manera de encarar las cosas, sean estas las que fueren. Incluso en sus modales”. 

Mientras que Guillermo Vilaseca pone el acento en la confianza y en la aceptación de virtudes y “no virtudes” del otro. Vilaseca es licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), terapeuta EMDR, psicodramatista y psicólogo social. También escribió el libro Por qué los hombres no entendemos a las mujeres y fue presidente de la Sociedad Argentina de Psicodrama. 

“Somos seres humanos, somos falibles, nos equivocamos, no siempre nos salen las cosas bien por más que las queramos hacer bien. A veces, tenemos un marco de referencia distinto, y lo que puede ser bueno para nosotros, para el otro no lo es. Por eso, la confianza se tiene que construir a medida que uno se va conociendo y requiere un proceso en el que cada uno se anime a admitir los propios errores y los errores del otro, e incorporar el perdón en los vínculos. Lo contrario está en esas cosas que parecen perfectas y, de golpe, se desmoronan. Es importante reconocer cuáles son las virtudes y las no tan virtudes del otro. Dardo Scavino dice que el acto revolucionario de mayor impacto es cultivar la amistad, lo que va más en contra de la corriente imperante del sálvese quien pueda, del individualismo”, apunta Vilaseca en comunicación telefónica.

¿Pero podemos llamar “amigo” a cualquier persona con la que nos llevemos bien? “La amistad es un vínculo que se forja mediante la confianza más el tiempo”, define –en línea con Vilaseca– María Palacín, directora del Máster Autoliderazgo y Conducción de Grupos de la Universidad de Barcelona, en un artículo publicado por el diario español El País.

Un antropólogo, Robin Dunbar, incluso estableció una teoría que se llama “El número de Dunbar”. Sintéticamente, su construcción teoriza sobre la cantidad de personas que pueden relacionarse plenamente en un sistema determinado. El especialista señala que este valor, aproximadamente, es de 150 personas, y está relacionado con el tamaño de la neocorteza cerebral y su capacidad de proceso. Es decir, los humanos podríamos sostener relación –en distintos grados, desde muy cercana hasta menos cercana, a causa de, entre otros factores, el tiempo, los afectos, la confianza, etc.– con alrededor de 150 personas. Dunbar se refiere a la neocorteza cerebral, porque “está implicada en las consideradas funciones cerebrales superiores: generación de órdenes motoras, control espacial, percepción sensorial, pensamiento consciente y además el lenguaje en los humanos”.

“La confianza requiere un proceso en el que cada uno se anime a admitir los propios errores y los errores del otro, e incorporar el perdón en los vínculos”.
Guillermo Vilaseca

Vilaseca admite la existencia de tipos de amigos a partir de los niveles de cercanía. “De alguna forma, intentamos darles nombre a las diferentes gradaciones. En general, el compañerismo es un cierto nivel de compartir, sucede en los grupos de compañeros de escuela, militancia, deporte o trabajo. Después, se generan otras afinidades mayores, a las que se las suele denominar ‘más amigos’. Y luego, están los amigos con ‘derecho a roce’, algo que incluye otra dimensión, que es la del erotismo y la sensualidad, algo que también puede aparecer”.

Irueste, por su parte, apunta: “En la formación en Psicología, aprendemos que el ser humano es un ser biopsicosocial y todo esto en interacción, agrego según mi perspectiva. Por lo tanto, el contacto y la comunicación son fundamentales para nuestro desarrollo a lo largo de la vida y para nuestra vida social en particular. Somos en tanto nos construimos junto a otros”.

La investigadora describe que “el hecho de construir relaciones amistosas profundas y positivas tiene un fuerte efecto en variables tales como la autoestima, el sentimiento de valía personal y las creencias del individuo en cuanto al grado de aceptación y cariño por parte de los demás. Asimismo, repercute en las vivencias psicológicas positivas, y en este sentido, favorece aspectos altamente beneficiosos para la salud, ya que tiene un efecto sobre los procesos psicofisiológicos del organismo”.

¿Por qué no somos amigos de cualquier persona?, le preguntó Convivimos a Paula Irueste. La docente e investigadora contestó: “Entrar en planos afectivos con alguien no es una tarea sencilla. Podemos sentirnos muy cercanos a alguien que se encuentra geográficamente lejos y, de la misma manera, podemos percibir una gran lejanía con alguien con quien convivimos a diario. Esto sucede porque la afectividad se percibe a través de las demostraciones que la otra persona tiene para con nosotros y viceversa. Muchas veces tenemos preconceptos, expectativas, demandas implícitas que no comunicamos, y esperamos demostraciones afectivas que nunca llegan. Esto también se transforma en una usina de conflictos, muchas veces plagados de reclamos, que pueden producir fricciones en los diferentes tipos de relaciones que tenemos. Y, por último, la afinidad es un factor preponderante. Generalmente, no podré pasar a un plano afectivo de amistad con alguien con quien no comparto absolutamente nada. Pese a ello, siendo opuestas en muchas cosas, dos personas pueden consolidar una amistad sobre la base de alguna afinidad que las conecte, y eso, por sí mismo, sostendrá la amistad”.

LAS EMOCIONES, LA INTENSIDAD Y EL TIEMPO

“En el plano de la amistad se juegan todas las emociones –afirma Guillermo Vilaseca–. Están el cariño, la intimidad, la alegría, la tristeza, el compartir… pero también las rivalidades, las envidias, los celos… Realmente, en el plano de la amistad se juegan todas las emociones y en todas las intensidades, y esto tiene que ver con las ecuaciones personales. Se trata de un vínculo entre dos personas, y se caracteriza por prestarle atención al otro, donde la sensibilidad está de por medio”.

El psicólogo también explica que la amistad muchas veces surge y se desarrolla a caballo de experiencias intensas. “Cuando las personas son expuestas a circunstancias de mucho estrés o de mucho desafío, se establecen relaciones de amistad con lazos muy fuertes y duraderos. Un ejemplo de ello puede observarse con los compañeros de la secundaria, una etapa crítica para todas las personas”. 

Sobre este punto, Paula Irueste expresa: “Podríamos pensar que la duración de los vínculos trasciende al concepto de amistad, tiene más que ver con características de personalidad o con las propias concepciones que cada quien tenga acerca de la amistad”.

“Construir relaciones amistosas profundas y positivas tiene un fuerte efecto en variables tales como la autoestima”.
Paula Irueste

Argumenta que, “sin embargo, podemos considerar a la amistad como una relación que se construye a lo largo del tiempo y que puede llegar a ser perdurable. El hecho de que este vínculo perdure tiene que ver con aspectos como la confianza, la comunicación, la intimidad, el afecto y el conocimiento mutuo. Frecuentemente, cuando el vínculo perdura, esto es posible porque se realizan actividades o proyectos de mutuo interés”.

La investigadora recuerda que “lo que permite el desarrollo de un vínculo de amistad sólido son una serie de factores como: la proximidad y el mantenimiento de contactos frecuentes; la semejanza, dada a través de la presencia de simpatía y afinidad con el otro; la complementariedad, que brinda entre los individuos una satisfacción mutua de sus necesidades psicológicas; la presencia de intercambios satisfactorios, a nivel afectivo y psicológico, que generan gratificación a cada una de las partes; y, por último, otras circunstancias con significado particular, por ejemplo, el hecho de compartir experiencias especiales”. 

LA DISTANCIA ÓPTIMA

Paula Irueste analiza lo que vulgarmente se denomina como “grados de amistad”, con una definición a la que llama “la distancia óptima”. “Considero importante poder reconocer esta distancia óptima que se presenta en cada vínculo. Esto sería algo así como el grado de acercamiento con el que me siento a gusto con esa persona. Ese grado de acercamiento podría incluir la intensidad afectiva, la apertura de mi propia intimidad o de la intimidad del otro, y la cantidad de tiempo que voy a compartir con ella. Los conflictos, con mucha frecuencia, aparecen cuando no registramos esta distancia óptima. Entonces permanezco en ese vínculo más o menos tiempo del que hubiera resultado oportuno; abro mi mundo interno más allá, o no tan allá, de lo que esa persona podía apreciar; demuestro en demasía mi afectividad o, en el caso contrario, no la demuestro en absoluto. Por el contrario, si yo conozco, efectivamente, la distancia justa en la que funcionamos adecuadamente como amigos, se reduce la posibilidad de conflictos, malestares o reclamos”. 

INTERDEPENDIENTES, NO DEPENDIENTES

Guillermo Vilaseca dice que la amistad no debe ser complementariedad, sino interdependencia. “La tendencia a ligarnos con otro es un tema crucial para los seres humanos. La soledad lastima, daña, cuesta mucho, a veces cuesta más de lo que es adecuado, pero también es necesario ser amigos de uno mismo, reconocer lo que nos gusta o no nos gusta, lo que es positivo o negativo… Por cierto, es constitutivo de la personalidad juntarnos con otros. La literatura nos da un ejemplo: el Quijote con Sancho Panza. Siempre hay una especie de ladero, un compañero, siempre hay otro que de alguna forma nos ayuda a constituir. Muchas veces se pensó en otro que nos complementa, esa idea que en el amor es ‘la media naranja’, sin embargo, todos somos seres completos, no medio, ni un cuarto, completos. Lo mejor que nos puede pasar, entonces, es que nos encontremos reconociendo nuestra interdependencia y no que nos transformemos en dependientes del otro”.