Reportaje: Juan José Campanella

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El director de El secreto de sus ojos y El hijo de la novia habla de los premios, de su regreso al cine con Sacheri y del deseo de vivir el mayor tiempo posible. “Pienso en la pena que me causan las cosas que me voy a perder”, dice.

Por: Agustín Gallardo

Fotos: Nicolás y Patricio Pérez

 

Es uno de los mejores observadores de la sociedad contemporánea en materia de ficciones audiovisuales, capaz de captar en lo profundo lo que John Lennon alguna vez dijo sobre la vida: “Eso que nos pasa mientras estamos haciendo otras cosas”. La oficina de El mismo amor, la misma lluvia, el restaurante de El hijo de la novia, el Palacio de Tribunales en El secreto de sus ojos, a Juan José Campanella le interesan esos lugares, las locaciones de todos los días, aquellos sitios donde podemos llorar o reír, donde trabajamos, donde nos enamoramos y donde también podemos morir un día cualquiera. En ¿Qué hacemos con Walter?, su obra de teatro –dirigida y escrita por él– pone el ojo en un consorcio de propietarios, quienes celebran una asamblea extraordinaria. “Es un lugar en el que estás atrapado, pero donde además tienen información de tu vida, con quién entrás, con quién salís, si pagás o no las expensas… afloran cosas muy íntimas y reales de la persona”, empieza contando Campanella a Convivimos sentado sobre un cómodo sillón de plaza y enfrentado a una especie de diván. Es un espacio reducido y calmo; si no fuera por la variedad de cuadros hacia los costados, podría pasar perfectamente por consultorio de un psicólogo. Campanella viste pantalón negro y camisa gris, la gama de los colores con los que siempre se lo ve, y los que ahora contrastan con el naranja que domina esta oficina que tiene en la planta alta de 100 Bares, su productora. 

Frente a una imagen de Tintín, uno de sus ídolos de la infancia, está su escritorio con una notebook en modo descanso; hay una tableta y un celular cargándose sobre un posavasos con el rostro de Alfred Hitchcock. Este universo íntimo de Campanella está ilustrado además con un póster de una escena del film Qué bello es vivir, su película favorita; el Hombre Araña, otro héroe de la infancia; un dibujo original de su película Metegol y el retrato de Martin Luther King, la persona –dirá– que más admira de la historia. A un costado, un poco más arriba, sobresale “la única foto linda que me han sacado”, según sus propias palabras: está él, con su inconfundible boina, en medio de una noche abierta y con una luna que asoma por encima, mientras mira atento –con un ojo puesto en un pequeño lente– una escena de Luna de Avellaneda.

Hacer emocionar y reír son sin dudas los pilares del cine de este hombre que ahora disfruta del teatro y de ¿Qué hacemos con Walter?, esa reunión sobre tablas donde, dice, pueden reflejarse todos los comportamientos de la sociedad. “No quiero decir del país, creo que es una cosa mundial. La idea es que sea una obra que dentro de 20 años se disfrute”, suelta orgulloso. 

¿Qué tiene una reunión de consorcio que no tenga una oficina de trabajo?

Si en el trabajo sos un tipo discreto y callado, no pueden saber mucho de vos. Uno puede hacerse un personaje en el lugar de trabajo, pero más difícil es hacerlo donde vive, ¿no?

“El grueso de la gente espera que un lanzamiento esté en Netflix  pensando erróneamente que todo va a parar ahí”.

¿Qué es lo que más te gusta de hacer reír?

Desde un lado egocéntrico, tiene que ver con el disfrute que me produce estar atrás del escenario viendo reír a las personas a carcajadas a causa de eso que vos creaste durante un tiempo anterior. Me reconforta. Desde un lado filosófico, si se quiere, me gusta esta cuestión de que alguien sea feliz por un momento. Nosotros no somos todo el tiempo felices, es algo obvio.

¿De dónde nace esta necesidad de hacer feliz o reír al resto?

Vos sabés que me lo han preguntado varias veces y no sé. Yo me lo he preguntado a mí mismo, te lo digo luego de haber sido el payaso de la escuela. Creo que tiene que ver con eso que te decía: uno quiere tener algún tipo de impacto en el otro, y a muchos de nosotros se nos da por eso, por despertar la sonrisa, que es una cosa que para mí es mágica. Me encanta que en el teatro haya 20 gags donde ya sabés que estalla el público. Quizás uno descubre que es para lo único que sirve, y bueno, lo explota desde temprano.

¿Y la emoción?, ¿Podés encontrarle alguna explicación a ese camino que trazás en tu obra?

Eso sí tiene que ver con lo que yo descubrí en el cine, obviamente no es que tengo esa particularidad en la vida real. A mí me gustan mucho las historias de superación, la historia en la que el chiquito se agranda por ejemplo, son naturalmente emocionantes tanto en la vida como en la ficción. Cuando es imprevisto que el chiquito se vaya a agrandar, uno se emociona, porque todos tenemos en definitiva una sensación de justicia.

Hiciste grandes películas, como El hijo de la novia o El secreto de sus ojos, que fueron premiadas y aclamadas por la crítica. ¿Cómo te parás hoy a la distancia frente a esos éxitos?

Me enorgullecen, pero no soy nostálgico para nada. Esa es la gran ventaja del cine por sobre el teatro que sigue existiendo luego de haber terminado el trabajo artístico. No sé si podría hacer de nuevo esas películas, cada una tiene que ver con un momento, con una obsesión de ese instante de la vida.

El hijo de la novia estuvo relacionada con la enfermedad de Alzheimer que tuvo tu mamá. ¿Hubo alguna preparación en su momento para contarle a tu padre que ibas a hacer ese film?

Sí, lo charlé con mi viejo, le dije: “Me gustaría hacer una película sobre lo que le pasa a mami”.

¿Cuál fue la respuesta de tu padre?

Me apoyó. Conversamos mucho sobre la enfermedad. Me acuerdo el día del estreno, en el Cine América. Yo estaba sentado enfrente, a varias butacas, y él no sabía nada. Me quedé más mirándolo a él que a la peli. Él era de llorar mucho en el cine, y esa vez no lloró, se rio en las partes cómicas y estuvo serio en las dramáticas. Creo que fue como una cosa de defensa.

El secreto de sus ojos ganó el Oscar en 2010 a Mejor Película Extranjera. ¿Qué significa esa estatuilla para vos hoy?

Lo tengo en mi estudio, está exhibido para las cinco personas que entran. Lo ve más la gente que viene a arreglar el aire acondicionado [risas]. La verdad, es algo que te cambia la vida, te da una proyección internacional que no tiene parangón. Internamente me asentó en un lugar de tranquilidad que no sé si me benefició. Por un lado, me sacó ansiedad; y por el otro, me perjudicó, porque me dejó con mucha ansiedad al día de hoy [risas].

“A muchos de nosotros se nos da por eso, por despertar la sonrisa”.

¿Cómo es eso?

Hace casi diez años que no hago una película con gente, y es cierto que esa película y todo lo que vino luego te sube la vara. Pero pasó que al mes de ganar el Óscar empezamos la preproducción de Metegol y eso me tuvo los siguientes tres años ocupado. Y eso hizo que el momento de más efervescencia del Óscar yo estuviera encerrado con Metegol. En 2013 se estrenó y terminé muy cansado. Dije: “¿Qué hago ahora?”. Yo quería encontrar una historia que me gustara mucho, pero que al mismo tiempo fuera distinta, incluso más chiquita.

¿Y?... ¿La encontraste?

Ahora estoy con una película que me gusta mucho y hace 20 años que la quiero hacer. Es la remake de Los muchachos de antes no usaban arsénico (comedia negra estrenada en 1976 y dirigida por José Martínez Suárez), y la próxima es un guión que estamos haciendo con Eduardo Sacheri y Juan Pablo Domenech.

¿Vuelve la dupla Campanella-Sacheri?

Sí, vuelvo con él.

¿Qué se puede contar?

No mucho [risas]. Es una historia basada en un libro de él. Es muy ingeniosa y graciosa, hay algo de humor negro y tiene elementos de comedia romántica. Vamos a ver qué pasa.

En esta cosa de la ansiedad que me decías, ¿te da cierto miedo de volver?

Sí, lo hay, siempre tengo miedo de hacer un proyecto, pero un miedo natural. No sé realmente qué está pasando con el cine a nivel mundial. Creo que perdió público frente a la televisión a patadas. El grueso de la gente espera que un lanzamiento esté en Netflix pensando erróneamente que todo va a parar ahí. Eso hace que las películas que no son de megaproducción desaparezcan del cine muy rápido.

¿Cuál es, Juan, la película ideal que aún no hiciste?

A mí me gustaría hacer una película como Qué bello es vivir, que le cambie la vida a alguien.

Siempre con la vara alta…

¡Claro que sí!

La muerte es un tema que tocás desde varios ángulos en tus trabajos, incluso desde el humor negro en tu última obra. ¿Pensás en ella?

Mucho, mucho… Sí, pienso en la pena que me causan las cosas que me voy a perder. Por eso me cuido lo más posible para durar [risas], no soy autodestructivo en lo absoluto. Pero bueno, ya soy consciente de que no voy vivir todo lo que viví, es algo matemático.

Y cuando ves para atrás, ¿qué ves?

Pasó todo tan rápido [risas].

Es un síntoma de que hasta el momento por lo menos la pasaste bien o, volviendo al comienzo de la charla, de que has tenido muchos momentos de felicidad.

Sí, también recuerdo con cariño y con cierto orgullo (por haberlos sobrevivido) los momentos en los que la pasé muy mal. En el año 97 se juntaron muchas cosas: el fracaso de mi carrera, fui dado por muerto por mi representante y la industria. A su vez, la separación con mi ex, internar a mi madre luego y vivir no solo sin guita, sino con 50 mil dólares en deudas. Y a los dos años de eso, ya estaba con mi mujer de ahora haciendo El mismo amor, la misma lluvia, y todo cambió. Llegué a los 40 diciendo: “Te bancaste todas esas, ¿ahora no vas a seguir?

¿Cuál fue la fórmula para salir de allí?

La tenacidad y dejar de pensar que uno no sirve para tal o cual cosa. Aceptar las cosas de la vida, no perder fe en vos mismo, tener aguante a la crítica demoledora. ¿Una fórmula? Mirá, yo soy un fanático de Rocky, y en Rocky VI, él le dice a su hijo: “No importa lo fuerte que sea tu golpe, sino los fuertes golpes que vos aguantás”. Creo que esa frase es genial; para mí es, te diré, la más profunda que oí en la historia del cine.

Agradecemos a 100 Bares por habernos recibido para esta producción.

EL CINE, TRES MOMENTOS

Juan José Campanella tuvo tres instantes en los que fue madurando la idea de dedicarse al cine. Primero, a los 15 años, cuando se repuso por su vigésimo aniversario Cantando bajo la lluvia y dijo: “A mí me encanta hacer esto”. “Ahí le pedí a mi vieja una cámara súper 8, que me la pudo comprar ¡pese a que era carísima!, y el libro Así se hace cine. Empecé a meterme”, cuenta este hombre, quien años más tarde comenzaba a estudiar Ingeniería y Cine a la vez. “En el verano del 80 fui a la sala Lugones a ver Qué bello es vivir, de Fran Capra, ¡la vi hoy ya 103 veces! Y me cambió la vida, pero no tuve las bolas de dejar Ingeniería ahí [risas]”, dice. Y remata: “Así que seguí con esa fantochada un tiempo más, hasta que en julio del 80 estrenaron All That Jazz, y el día que fui a la primera función del cine Atlas, de Lavalle, nunca más volví a entrar a la Facultad de Ingeniería”.