Chino Darín:
“Intenté evitar ser actor”

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Con decenas de películas y series en su haber, ostenta una carrera sólida que, sin embargo, coquetea con finalizar en cualquier momento. Un espíritu que pendula entre la exploración de nuevos terrenos y la inevitabilidad de un oficio familiar que lo convoca.

Fotos: Nicolás y Patricio Pérez

Enero de 1989. En los kioscos de diarios, a un precio de 49 australes, la revista Gente muestra en tapa a Ricardo Darín y Florencia Bas. Ambos sonríen en la habitación 208 de la clínica de San Nicolás mientras ella sostiene a la noticia de la jornada: su primogénito. Ricardito Mario en breve habrá perdido su nombre, ya que nadie lo llama de otra forma que no sea “Chino”.

“Uno no sabe los riesgos que implica algo hasta que no está metido hasta el cuello”.

Recién nacido, su cara ya relucía en los medios más importantes del país. “No lo elegí, claramente. Ahí empezó todo”, dice, y se refiere tanto a la vida que comenzó como al tironeo constante entre un destino que se presentaba claro y sus intenciones de elegir por fuera de él: sus abuelos, su padre y su tía se dedicaron a la actuación. Él, en el medio, oscilaba entre el magnetismo de un oficio que flotaba en el aire y el deseo de salirse del sendero. Fantaseó con ser médico, como su otro abuelo; se imaginó arquitecto; se anotó en la facultad para ser ingeniero industrial y abandonó; hasta que comenzó su formación en el arte pensándose detrás de cámaras, en la carrera de Dirección de Cine. “Intenté evitar ser actor, pero no pude. No lo logré. De alguna forma, si bien yo no lo sentía, daba la sensación de que todo estaba dado para ir por ese camino. Eso ya me parecía excusa suficiente para mirar hacia otro lado”, confiesa.

  • Aunque no sabías qué había en ese otro lado…

Creía que había un momento para explorar otras cosas que no tuvieran nada que ver con lo familiar,
era ese tiempo de juventud postsecundario. Ahora tengo 30 años y sigo sintiendo que existe el espacio de la experimentación. Pero en ese momento hay algo que te empuja a definirte, a tomar decisiones, a elegir un rumbo, un camino. Terminás el secundario y está esa cosa de “¿A qué te vas a dedicar?”. Con aquella presión, fue un poco frustrante, porque había un montón de cosas que me gustaban, pero con ninguna me quería casar. Pensaba que elegir una era no elegir todas las demás. Eso me generaba cierta angustia, sentía que me estaba privando de un montón de cosas al elegir algo y que si continuaba con el oficio familiar, era casi no tomar una decisión. Era seguir con la corriente. Y yo quería decidir algo.
Las decisiones que tomó, sin embargo, lo fueron acercando a aquel punto de donde pretendía alejarse.

“Siempre me implico al ciento por ciento. No me gustaría verme como guardándome algo”.

La actuación lo eligió a él más que él a la actuación, en cierto modo. Se volvió casi un lugar inevitable, aunque siga coqueteando con la idea de evitarlo. En la carrera de Dirección de Cine, a la hora de distribuir roles para armar producciones audiovisuales, comenzó a recibir cada vez más seguido el de actor. En paralelo, se anotó en clases de teatro: “Era consciente de que no quería entregarme a esto, pero me llamaba la atención y quería explorarlo. El solo hecho de sentir que hay un lugar al que no querés ir hace que se te presente. Tampoco me quería hacer el gil, quería ver de qué se trataba. Por más que lo haya mamado desde chico, la experiencia es intransferible, y hasta que no me sometiera y me entregara a eso, no iba a saber si me iba o no”.
Por insistencia de un amigo de la familia se presentó a su primer casting. No la pasó bien siendo evaluado, pero insistió. En el camino, comenzó a trabajar en tiras y películas, y se fue armando una carrera que todo el tiempo tiene el final cercano como una posibilidad: quiso renunciar a todo después de una devolución negativa de un profesor de teatro y volvió a pensar en dejar de actuar cuando finalizó su trabajo en el film La noche de 12 años. “Me pegó muy mal todo lo que fue la preparación de ese personaje. Física e intelectualmente fue heavy. En el rodaje tuvimos mucho frío y mucho hambre.
Las condiciones de rodaje eran deplorables; y la historia, muy dura. Psicológicamente, tenía una carga muy pesada. Salí de todo eso afectado, me costó desprenderme, y le adjudiqué todos los males a la profesión que había elegido, al ser actor, al sacrificio que a veces implica. En este caso, me había parecido más grande de lo que estaba dispuesto a volver a soportar, y pensé que no era para mí”, cuenta.

  • Todo esto que te hizo mal a vos ¿sentís que le hizo bien al trabajo?

Sí. Hoy sí. En aquel momento no me importaba para nada, porque uno no la quiere pasar mal aunque sea por un bien. Si tuviera que encarar de nuevo ese proyecto, lo haría de otra manera, porque aprendí. Difícilmente me vuelva a someter a una cosa similar. Aunque uno no sabe los riesgos que implica algo hasta que no está metido hasta el cuello… Nunca digas nunca. A veces, el desafío, la emoción, la historia, la energía conjunta de un equipo que va para algún lado te seducen y terminás diciendo que sí.

  • ¿Compartir profesión con tu viejo te acercó de una forma diferente a él?

No sé. Creo que se introdujo un nuevo tema, que pasó a estar a la orden del día. Ya hablábamos de esto antes de que yo fuese actor. Mi viejo siempre conversó mucho con mi vieja de cosas de laburo, confía mucho en su opinión y en la de todos nosotros. Es probable que, desde que yo me dedico también a eso, nuestro tiempo privado en familia tiene más que ver con el laburo. Y con la producción se intensificó [ver recuadro], porque no hay horarios ni nada, y mi vieja nos quiere matar. No creo que se haya modificado la relación, pero sí que está más presente el tema y hablamos desde dos lugares.
Antes era una cosa que vivía él y de la que nos permitía participar a todos, y ahora yo vivo también eso y permito que los otros participen. La relación ha ido gestándose con estos cambios y estas cosas, no me podría imaginar cómo es la relación sin eso. Forma parte de nuestro día a día.

  • En otros proyectos, ¿sentís que te metés con la misma profundidad en el personaje? ¿O lo de La noche de 12 años fue más profundo que en otros casos?

Probablemente haya sido lo más profundo. Pero para mí el compromiso siempre es ciento por ciento.
No ando diciendo “Este proyecto lo hago más o menos”. A mí no me sale, no me parece que sea la forma de hacer las cosas. Me implico con todo lo que tengo. Pasa que si tengo que actuar de un pibe de Buenos Aires en una comedia con amigos, que se parezca un poco a lo que es mi vida normal, por más que me implique al ciento por ciento, no tengo que hacer un viaje hacia un terreno pedregoso. En este caso, sí, era necesario y todos debimos hacerlo. Pero creo que siempre me implico al ciento por ciento.
No me gustaría verme como guardándome algo, aunque a veces te quedás seco. En este caso, me pasó eso, no veía luz al final del túnel. Perdí un poco la esperanza en la profesión. Después la recuperé.

  • ¿Cuál fue la luz?

Luis Ortega y El ángel. Eso fue lo que me hizo volver. Después de eso, si a mí me llama Luis para tomar la Casa de la Moneda, voy con él.

“Soy yo, ¿qué sé yo cómo soy? Hoy me gustan los caballos, pero por ahí mañana me dan miedo, por ejemplo”.

  • Cuando pensaste en dejar la actuación, ¿qué imaginabas que ibas a hacer? ¿A qué te ibas a dedicar?

Aunque no era necesario, como parte de la preparación del personaje de La noche de 12 años aprendí un montón de nutrición, de alimentación y toda una cosa que tenía que ver con la dieta que hacíamos para lograr ciertos resultados. En ese momento, y lo sentí como una señal del cielo, por primera vez en España me ofrecieron conducir, y fue un programa que tenía que ver con la alimentación. Justo en ese momento estaba preguntándome qué iba a hacer de mi vida si no actuaba más, porque no quería actuar más, y me llamaron para eso. Agarré ese proyecto, que al final se terminó haciendo después de El ángel, cuando yo ya había recuperado las ganas de vivir y de actuar.

 

  • ¿Pensaste “Ahora voy a ser conductor”?

No, yo no tomo decisiones definitivas. Nunca. Dije “Voy a probar”. Por ahí no era, tampoco. Pero, en principio, era una oportunidad. Nunca soy definitivo con ninguna decisión, porque soy muy cambiante. No me gusta limitarme, y siento que si tomás una decisión férrea para algún lado, estás dejando algo en el camino. Eso no significa que no tenga cosas claras en mi vida. Al contrario, pero eso no implica que las vaya a sostener de acá a que tenga 70 años. Siempre dejo espacio a la duda y, ante cualquier eventualidad, lo primero que pongo en duda es a mí mismo. Me parece que es ese el espacio de reflexión y aprendizaje: tratar de correr la óptica, el punto de vista. No me gustan las etiquetas, estoy en contra de esas cosas. Si me preguntan “¿Cómo sos?”, no lo sé. No tengo la más mínima idea.

  • ¿Estás tratando de responderlo?

No, no lo quiero responder. No tengo la necesidad. Soy yo, ¿qué sé yo cómo soy? Hoy me gustan los caballos, pero por ahí mañana me dan miedo, por ejemplo. Ya me pasó, y soy así con todo. Por eso no estoy tatuado tampoco. No me animo a tatuarme nada, tengo miedo de arrepentirme a los cinco minutos. No es que no me gusten, me encantan, pero yo no me voy a tatuar nada por las dudas.

 

El productor

Junto a su papá y otros socios, fundó la productora Kenya Films. Por primera vez, tiene el doble rol de actor y productor en una película, La odisea de los giles, que se estrena el 15 de agosto. “Está copado, aunque es un rubro bastante neurótico, porque es realmente muy trepidante. La gente de producción está un poco quemada: todo el tiempo hay que tomar decisiones, desde las más ridículas hasta las más trascendentes en un proyecto. Todas pasan por el filtro de la producción. Es muy demandante energética e intelectualmente. Casi que no hay horarios, todo el tiempo te entran mails o mensajes, aunque sean las tres de la mañana. Me parece apasionante. Contar con nuestra propia casa productora hace que tengamos más penetración en algunas decisiones de proyectos, sobre todo en cuestiones artísticas, que es en definitiva lo que nos interesa a nosotros. Siento que me ayuda como actor, también. Cuantas más herramientas incorpore del funcionamiento en general, más me ayuda a sentirme cómodo, a entender, a funcionar”, explica.