El álbum familiar, un bien en extinción

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La irrupción de las fotos digitales y los smartphones terminó por hacer desaparecer aquella vieja costumbre de ordenar, clasificar y exhibir las fotos de familia. ¿Qué será ahora de esos recuerdos tan queridos?

No era frecuente. Eran pocas pero deslumbrantes las épocas del año en que podíamos presumir de la siguiente frase: “La cámara está con rollo”. Eso significaba que había licencia para disparar. Por lo general, se compraba un rollo de 36 a inicios de diciembre. Fiestas de fin de año en la escuela, Navidad y Año Nuevo en familia, y el resto para las vacaciones. 

Con suerte quedaban dos o tres al final del verano, que eran disparadas en la vereda de casa. O haciendo morisquetas, o posando con una mascota. Hasta que el rollo hacía “trac”. Rebobinar hasta que suelte, y al día siguiente ir al centro a dejarla para el revelado. Casi siempre era en 10×15. Pero cuando había buena expectativa por “el material”, nos animábamos a pedir en 13×18. 

Aquellas fotos de nuestra infancia, en los 80 y 90, todavía duermen en esos álbumes de folios de celofán y coloridas portadas, con alguna información consignada en el lomo. Así han sabido atravesar ausencias, mudanzas, olvidos. Pero ahí están, listas para ser repasadas nuevamente. Sobreviven esos álbumes familiares como sobrevive con ellos el recuerdo que transportan.

ADIÓS, PAPEL

Lo que no sobrevive hoy es ese ritual de tomar un viejo álbum y repasarlo en una sobremesa. Sencillamente porque aquellos álbumes ya no están más. Y si están, ya no están en papel. Y aun estando en soportes digitales, ni siquiera están con nosotros, sino en algún servidor del otro lado del océano. 

La irrupción de la fotografía digital y luego de los teléfonos con cámara ha desatado una absoluta revolución en materia de fotografía. El soporte digital ha dado vuelta lo que antes era un bien escaso, costoso y “dosificado”. Pasamos de tomar 36 fotos en un año, toda la familia, a tomar una cifra similar por día. 

Son miles de fotos que producimos y que por lo general tienen una vida muy corta. Lo que nació para ser perpetuo ha caído en el océano de lo efímero. 

“Todos los días, estamos escribiendo la historia de la fotografía con los millares de imágenes que producimos”, describe Daniel Merle, célebre fotógrafo argentino, hasta 2019 columnista de La Nación. “Qué bueno sería saber qué equipo de historiadores podría compilar y clasificar este corpus descomunal e incontrolable”, se pregunta, a modo retórico.

Una pequeña parte de esas fotografías serán subidas por nosotros a las redes sociales. Antes, mayoritariamente a Facebook. Hoy a Instagram. El resto tendrá serias chances de quedar arrumbado en el celular y ser barrido en algún ataque de ansiedad, cuando el equipo nos dice que se está quedando sin espacio. 

Afortunadamente, la totalidad de las fotos que sacamos es subida de manera automática al servicio de Google Photos o a algún otro servidor. Allí duermen millones de imágenes tomadas por usuarios de todo el mundo, y un enorme porcentaje de ellas jamás serán consultadas, vistas ni visitadas. Jamás.

“Hoy la fotografía ha dejado de servir como recuerdo de un pasado para ser un registro del ahora de las personas”.
Mariano Paiz.

“Aquello tan reverenciado hace un siglo, o tan apreciado décadas atrás, lo que nosotros tomábamos como un recuerdo, hoy nos ha quedado simplemente reducido a un uso banal”, señala Mariano Paiz, fotógrafo platense de larga trayectoria. “Hoy la fotografía ha dejado de servir como recuerdo de un pasado para ser registro del presente, para mostrar el hoy, el ahora de las personas, lo que sucede en la estricta actualidad y que mañana ya no interesa”, le explica a Convivimos

CÓMO HACEMOS

Como concepto es interesante. El tema es cómo hacer con los recuerdos. Cómo asegurarse de que las fotos van a estar ahí cuando sean buscadas. 

Eduardo Aguirre es divulgador tecnológico, editor del sitio PeriodismoMovil.com.ar y capacitador del Programa Redacciones 4G de Telecom. “Hay básicamente dos formas de manejarlo”, responde ante esta consulta. “La primera es –digamos– la forma más artesanal, que implica ir bajando las fotos a un disco rígido externo”, explica. Ahí hace la salvedad de la conveniencia de utilizar este tipo de dispositivos, ya que son “soportes mucho más permanentes”. Por eso desaconseja el uso de pendrives, que “tienden a dañarse con el tiempo” (¡y sobre todo a perderse!).

La recomendación, en este caso, es tratar de impartirle un orden. Preparar carpetas por fechas o por eventos, y procurar generar etiquetas para favorecer las búsquedas.  

“La otra alternativa es más automática”, continúa Eduardo, refiriéndose a Google Photos. Este servicio tiene la ventaja de que “te las va almacenando en orden, ya sea por fecha, por evento, hasta por geolocalización”. Incluso ofrece inteligencia artificial aplicada a las búsquedas, de modo tal que reconoce rostros, lugares, paisajes, mascotas. “Es una herramienta muy interesante que hace todo por el usuario”, señala.

El problema es la “baja” capacidad de almacenamiento que ofrece el sistema. Los 15 gigas se pueden agotar con gran rapidez. Llegado a ese límite, no quedará otra que borrar material o bien comprar un almacenamiento en la nube, que arranca desde los dos dólares mensuales. 

¿Alternativas? Sí, hay otros servicios como Dropbox, iCoud, OneDrive y algunos otros. “Pero siempre recordemos esto –advierte–: la nube es la computadora de otro, y por eso no estará de más tomar recaudos, como hacer ciertos backups cada tanto”.

Con suerte, las fotos estarán ahí, listas para volver a ser disfrutadas cuando se busquen. Eso sí: aquel disfrute de las fotos de papel, aquel pasar de página en página recorriendo recuerdos, aquellos anaqueles o cajones llenos de fotos de la vida da la sensación de que se han ido para no volver. La tarea de cada uno será encargarse de seguir conservando sus memorias. Aunque sean convertidas en terabytes