Nicolás Cabré: “Siempre tuve claro quién era”

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Actúa desde niño y, aunque creció en pantalla a los ojos de todos, se esforzó por mantenerse al margen del medio. La paternidad lo cruzó como un rayo y reordenó sus prioridades.

Fotos: William Kano 

Estilismo: Lula Romero

A lo largo de los últimos treinta años, Nicolás Cabré se dedicó a actuar, pero nunca a simular. Ejerciendo la bielsística obligación antipática de ser sincero, se rehusó permanentemente a alimentar un entretenimiento que corriera por fuera de su espacio laboral, a interpretar un guion que no hubiera aceptado previamente, a ser él mismo un personaje al servicio de una historia que no le interesaba.

Desde aquel chico de diez años que pidió actuar luego de reírse viendo en la tele a Alberto Olmedo hasta este hombre que integra el elenco renovado de un clásico del teatro porteño hay toda una vida. Un camino que fue dejando golpes y alegrías, en el que su oficio y sus convicciones se mantuvieron constantes.

  • ¿Cómo fue cambiando con el paso del tiempo tu percepción sobre tu trabajo?

Va cambiando la importancia que uno les asigna a algunas cosas. Eso pasa naturalmente con la vida. Antes, yo no tenía muchas otras cosas para hacer o para volcar mis ansiedades. Hoy, con una hija, las cosas cambian. Todo cambia. Esto siempre fue un trabajo para mí, pero hoy lo verdaderamente importante es otra cosa, y lo tengo clarísimo.

  • ¿Antes ponías más en tu profesión?

Sí, porque no tenía mucho más. Si había que trabajar y estar todo el día encerrado en un set, lo hacía, porque en ese momento era lo más importante que tenía. 

  • Contaste que ahora terminás de trabajar y comienza tu vida, ¿antes te quedabas más enganchado con algo vinculado a la profesión?

No, es algo que se termina y listo. Es un trabajo. Crecí en esto y sabía que era así. Respeto a todos los que dicen que esto es su vida, pero no conozco a nadie que trabaje gratis. Sé que soy un privilegiado por poder trabajar de algo que me gusta, pero también soy consciente de que se puede terminar. Cuando estaba empezando a trabajar, mi viejo me dijo “Te llevo, pero ojo: esto empezó y mañana por ahí se termina”. Siempre trabajé pensando en eso. Uno no tiene asegurado nada.

  • ¿Por qué te gusta este trabajo?

Me lo he preguntado muchas veces, y no siempre lo pude responder. De repente, estoy en un lugar y escucho algo que me hace sonreír, veo algo que me sorprende o me encuentro con alguien y me abre los ojos… Ahí digo “Claro, esto es lo que está bueno de este trabajo”. Es lo que decido hacer. Sé que otras cosas me gustarían menos.

  • Hay una construcción que hiciste a tu alrededor, conseguiste que nadie cruzara ciertas barreras respecto de tu vida y te mantuviste firme con algunas decisiones, ¿cómo se fue dando eso?

Creo que nace todo de lo mismo, de mi familia. Hay mucha mentira, en lo bueno y en lo malo. Está igual de equivocado el que te dice que sos el peor del mundo y el que dice que sos el hombre más maravilloso del planeta. Siempre tuve claro quién era y qué apuntaba a ser. Los ejemplos eran mi papá y mi mamá. Cuando salíamos, a mi hermano le daban cinco pesos y a mí también. No es que yo decía “Che, yo laburo, a mí dame más” o “Me siento adelante porque trabajo en la tele”. Nada. En el barrio soy el hijo de Perico y el hermano de Duilio. Nunca fui ni intenté ser el foco.

  • Inevitablemente, terminaste siéndolo…

Eso es inevitable y lo entiendo, pero no lo busqué. Con respecto a la gente, se agradece. Tengo la suerte de recibir mucho cariño, porque el público siempre entendió todo. Cuando yo decía que había algo que no me gustaba, las personas me apoyaban. Los únicos que buscaban roña eran los periodistas. No sé si siempre tuve razón, no quiero decir que mi actitud siempre fue la mejor. Me equivoqué y seguramente podría haber resuelto algunas cosas de otra forma, pero nunca fue una postura o la búsqueda de algo. Me siento cómodo de determinada manera y traté de expresarlo.

  • ¿Cuál es la parte que más disfrutás de tu trabajo?

Cuando está hecha la obra. Los ensayos a veces son divertidos y a veces se ponen tediosos. Llega un momento en que los siento mucho. La obra necesita a la gente, y ahí es cuando disfruto un poco más. A veces me da vergüenza ensayar en un lugar sin luces, entonces hago un pedacito, muy poco, para que el director sepa que más o menos lo que me está diciendo lo enganché. Con Los mosqueteros del rey [ver recuadro], Manuel [N. de la R.: González Gil, el autor y director] me dijo en un momento: “La próxima vez te voy a pedir que más o menos me muestres lo que vas a hacer”. Es como que voy de a poco. Me da mucha vergüenza. A lo mejor, me siento muy expuesto en los ensayos. Me conecto de vez en cuando, voy desenchufando en otros.

«Rufina me cambió la forma de ver la vida. Es lo más hermoso que me pasó».

  • ¿A un director eso lo pone nervioso?

A veces no entienden mucho. Pero Manuel ya me conoce. No lo hago de maldad, simplemente no me sale. Cuando estábamos filmando la película Atraco, fuimos a España con Guillermo Francella, y el director no me conocía tanto. Estábamos ensayando en una oficina y yo tenía que gritarle a alguien. Y yo decía el texto bajito, porque no podía gritar en una oficina. Y yo creo que igual se entiende. “Gritalo”, me pedía el director, y yo no lo hacía. Con los días, empezó a entenderme, y me contó que le decía a Guillermo “¿Qué le pasa? No grita”. Guillermo lo tranquilizaba. Yo no le gritaba porque lo tenía al lado en una habitación. En ese contexto me daba vergüenza. Cuando tuve que gritar, en el set, lo hice. Y el otro me escuchó.

  • Dirigiste la obra Tom, Dick y Harry; fuiste vos el que tuvo que pedir el grito…

Sí, es una experiencia nueva. Una de las cosas que tengo a favor es que todavía sigo siendo actor, entonces entiendo lo que pasa, que cada uno tiene sus tiempos y no todos reaccionan de la misma manera. Aprendí que hay que esperar a cada actor y escucharlo. Y también, basándome en mi experiencia, que es necesario saber cuándo alguien se siente expuesto o mal, o triste. Son un montón de cosas que me hacen entender que a veces no griten fuerte en un ensayo. Comprendí mejor a mis compañeros actores. Tuve la suerte de armar un elenco divino, que me respaldó y me apoyó con su confianza. Lo disfruté. Sigo yendo y es un lugar que me gusta y seguramente repetiré.

  • ¿Qué encontraste en este nuevo rol? 

Creo que lo que más disfruté fue bajarme del escenario. También me llamó mucho la atención ver las cosas desde un lugar diferente. Como actor, nunca había observado cómo se sentaba la gente en la sala. Ver desde la otra punta, en una cabina, las ganas con las que llegaban todos, cómo se disponían a pasarla bien y entregaban su tiempo para ver algo específico, cómo se sacaban fotos con la escenografía y las caras al irse, generalmente satisfechos, me pareció hermoso. Me abrió los ojos en muchas cosas. Fue tomar más contacto con la gente que hace el esfuerzo de pagar una entrada, algo que hoy es muy difícil. Es toda una gran responsabilidad que confíen en vos. Uno desde arriba no siempre tiene real conciencia de lo que pasa.

¿Cómo impacta en vos la reacción del público?

No me baso mucho en eso. Obviamente, función tras función, sabés que si decís algo se ríen, y tenés que hacer una pausa. Pero un día no se rieron y te quedaste con la pausa en el aire. Puede variar. Yo no voy en búsqueda de eso. Sería un error, me parece. En definitiva, la gente es siempre la que te explica la obra. La percepción del actor en general está equivocada, muchas veces pensás que decís algo y se mueren de risa, y no, o te encontrás con que se ríen en un punto en el que no pensabas. Es imposible meterte en la experiencia del espectador. Para mí el olor de una margarita puede no ser más que eso, y a otra persona le dispara el recuerdo de la madre.

  • ¿Cómo te llevás con la palabra “artista”?

No la uso.

  • ¿Te considerás uno?

No sé. Antes me costaba cuando me decían “actor”. Creo que a veces se gana muy fácil ese título, muy rápido. Uno hace una participación y ya es actor. Entonces, ¿Alfredo Alcón qué es? Hoy puedo decir que soy actor, por ejemplo, pero no director. Dirigí una obra, no soy director. Estoy empezando. Hasta actor llego. No sé qué es ser artista, no me siento uno.

Al mismo tiempo que le quita solemnidad a su oficio, Cabré abraza por completo una paternidad que ejerce hace diez años. Es allí donde concentra la mayor parte de su energía, donde elige brindarse y abrirse emocionalmente. Así como sostiene que el público le explica la obra al actor, y no al revés, su hija Rufina sacudió algunos de los preceptos con los que se regía y vino a mostrarle diferentes matices, del mundo y de él mismo.

  • ¿De qué manera te modificó ser padre?

Me cambió la forma de ver la vida. Es lo más hermoso que me pasó. Hoy voy al colegio y soy el papá de Rufina, no el que sale en la tele. Es lo que siempre quise ser. El hijo de Perico, el hermano de Duilio, el papá de Rufina. Es lo que más importa. Y no me la quiero perder, quiero estar con ella y acompañarla en sus cosas. Mientras pueda, voy a elegir trabajos que me dejen tiempo para estar con ella. Es lo único que me hace feliz. 

LOS MOSQUETEROS DEL REY

Junto a Jorge Suárez, Nicolás Scarpino y Freddy Villarreal se sube al escenario para dar vida nuevamente a la obra de Manuel González Gil que fue un éxito en los 90 (aquella vez, con un elenco integrado por Hugo Arana, Darío Grandinetti, Juan Leyrado y Miguel Ángel Solá, a quien luego reemplazó Jorge Marrale).

“Manuel no quería saber nada con volver a hacerla, esta obra es como un hijo para él. Yo fui uno de los que le insistía para que la largara, porque sabía lo que era. Darío y Hugo me habían contado lo que vivieron. Es de esas cosas en las que querés participar. Es una obra maravillosa. Creo que nosotros, arriba del escenario, no vamos a llegar nunca a entender qué es lo que genera. Para entenderla, hay que estar del lado del público. Tiene una magia que es medio inexplicable”, se entusiasma.